viernes, 23 de junio de 2017

El hombre por la mitad.

La percepción espiritual que el hombre tiene de sí mismo, innata y natural, se desarrolló en las civilizaciones de la Antigüedad, a partir del ciclo de las civilizaciones agrarias y pastoriles, en un sentido global. El hombre sentía e intuía la totalidad de su naturaleza. Por eso, no hubo, en ninguna parte, ningún tipo de filosofía materialista. La concepción materialista del hombre apareció tardíamente, como resultado de su desarrollo mental y del aguzamiento de su curiosidad.

Las filosofías antiguas, actualmente denominadas como materialistas o precursoras del materialismo — aún en los tiempos más recientes del pensamiento griego — se fundamentaban en principios espirituales y tendían hacia explicaciones teológicas. La presencia de Dios es constante en toda la Antigüedad, desde las selvas hasta las civilizaciones teocráticas.

En la Edad Media tuvimos el cierre del último ciclo de la evolución de las civilizaciones antiguas. En ella se resolvió el proceso dialéctico de la evolución mundial, en la confluencia de las conquistas occidentales y orientales, para la síntesis de Caldeirão de Dilthey, en que, según la conocida tesis de este filósofo, las concepciones filosóficas en la visión del mundo de griegos, judíos y romanos se fundían — en la lenta elaboración del Milenio — para que pudiese surgir el Mundo Moderno, a través del Renacimiento europeo. Renacían en Europa las principales conquistas espirituales de las antiguas civilizaciones. El Racionalismo griego dirigía las corrientes en fusión en la búsqueda de lo real. La nueva civilización se oponía al Espiritualismo fantasioso de la Antigüedad y las idealizaciones del platonismo, interesándose por el objetivismo aristotélico y sus tentativas de conocimiento material del Mundo, de las cosas y de los seres. Solo entonces se creaba el ambiente propicio para el desarrollo de las formas de interpretación materialista.

Ese viraje de la mente hacia los problemas terrenales, necesario y productivo, liberaba y aguzaba la curiosidad humana por los misterios de la Naturaleza, hasta entonces envueltos en las especulaciones mentales y en las fabulaciones de la afectividad anímica. Durante el milenio medieval la razón se desarrolla y perfecciona, despuntando en René Descartes y Francis Bacon hacia los avances metodológicos de la investigación científica. El teólogo disidente Abelardo aparece en ese contexto como el precursor de Descartes. Su rebelión les costó caro, pero su libro Sic et Non y su famoso caso con Eloísa sacudieron para siempre los fundamentos del Mundo Antiguo. En vano la Iglesia lucharía para mantener su dominio absoluto. La síntesis que abriría los nuevos tiempos era impulsada por las fuerzas de la evolución y del proceso histórico. Nada podría detener su desarrollo.

Como en todos los momentos de transición, el mundo se transformó en un pandemonio y los espíritus más vigorosos, por lo tanto más rebeldes, se volvieron en contra de la dogmática eclesiástica, proclamaron el advenimiento de la Razón y negaron el concepto espiritual del hombre, cortándolo por la mitad. Palabras como Espíritu y Alma fueron consideradas como residuos de un pasado de fábulas e ignorancia. En las luchas que se sucedieran, con el desarrollo científico y la revelación progresiva de los antiguos arcanos de la Naturaleza, las Ciencias heredaron para su estudio e investigación solo la mitad del hombre. A otra mitad fue puesta de lado como un artículo de Museo, válida solo para el vulgo inculto. Fue con verdadera euforia que los hombres se vieron libres de las responsabilidades de una vida que no se extingue en la tumba. Y los científicos, en general, se ufanaran de haber descubierto que no pasan de ceniza y polvo.

Los métodos de investigación científica se desenvolvieron en el plano sensorial, pues solo lo que era visible y palpable podía ser considerado como real. Se fundó así la Civilización Mundial del tacto, apoyada en la tecnología de las máquinas que, hasta entonces, no captaban fantasías o fantasmas. Relegado al cesto de papeles viejos, el hombre espiritual (nada menos que la mitad del hombre real) no merecía la atención de los sabios. Augusto Comte rechazó la Psicología, Pavlov y Watson descubrirían la Psicología sin alma (una ciencia sin objeto), Marx y Engels fundaron el Materialismo Científico. Y Sartre, hasta hoy, acompañado por la decadente figura de René Sudre, proclama la gloria de la nihilización del hombre. Los científicos que se atrevieran a probar la realidad del espíritu, como Crookes, Richet, Zöllner, Gibier, Osty, Geley, fueron considerados ingenuos o locos. Morselli, para salvar a esos colegas creo la maravillosa novedad del Espiritismo sin Espíritus. Solo faltó crear la Humanidad sin hombres, lo que quedó reservado para nuestros días, con el maravilloso descubrimiento de la bomba de neutrones.

En el plano religioso aconteció el más sorprendente de los fenómenos. Los teólogos cristianos proclamaron la Muerte de Dios, basados en el testimonio del Loco de Nietzsche y fundaron el Cristianismo Ateo. Ante ese panorama de locuras científicas era natural que la Psicología sin alma generase una hija también desalmada: la Psiquiatría del Libertinaje, que le dio la mano a la Toxicomanía y salió con ella para incentivar a los hombres al gozo de la vida sin compromisos ni responsabilidades.

En la mitología griega los andróginos eran duplos, fuertes y veloces. Intentaron escalar el Olimpo para hacerse dioses, pero Zeus los cortó por el medio y los devolvió mutilados a ras del suelo. Ese hombre mutilado pobló la Tierra y fue el que los científicos mutilaron de nuevo, reduciéndolo a solo un cuarto del hombre original. No es de admirar que ese homúnculo actual — reprimido, vanidoso e insolente como aquel pedacito de fermento del Lobo de Mar de Jack London — este ahora explotando en la angustia y en los delirios de su impotencia. Perdiendo su mitad espiritual, entraran en las crisis del histerismo colectivo, fascinadas únicamente por las fuerzas magnéticas del sexo y arrastradas a todos los desvaríos de una esquizofrenia catatónica. La ceguera materialista completa ese espectáculo. Vampiros y parásitos no hacen más que atender a los llamados de la carne sin alma que agoniza en la angustia existencial. Sólo hay un remedio para el enfermo sin esperanza: la vuelta al espíritu. Mientras, como enseña Hubert, el hombre no comprenda que es espíritu y tiene que vivir como espíritu y no como los animales-máquinas de Descartes, no habrá más tranquilidad y esperanza en la Tierra, que dejó de ser la Tierra de los Hombres de Saint-Exupéry para transformarse en el dominio alucinado de los vampiros. El ciclo infernal se define así: los hombres vampirizados mueren, se transforman en vampiros para vampirizar a los que nacen.

La concepción materialista del hombre reduce a la Humanidad a una especie de animal sin perspectivas. La vida, los sueños, los anhelos humanos se transforman en espejismos y alucinaciones sin sentido. Si hubiese solo una justificativa lógica para esa concepción aún se podría aceptar el curso intensivo de esa moneda falsa en el mercado mundial de las ilusiones. Los espejismos del desierto pueden ser explicados por los fenómenos de refracción de la luz, pero ese espejismo conceptual no se justifica por refracción óptica o mental, ni por refracción histórica, ni por investigaciones antropológicas o psicológicas. Toda la Historia Humana se asienta, en todas partes, en la intuición universal de la naturaleza espiritual del hombre. La novedad materialista del Siglo XIII brotó de varios equívocos en la lucha contra los absurdos y los desmanes de la Iglesia, basados en la idea de poderes divinos supuestamente concedidos a los clérigos a través de rituales de origen salvaje. La raíz del materialismo es el tacape[1] del cacique, seco y muerto, del cual solo podría brotar las serpientes del bastón de Moisés en la sala del Faraón.

Históricamente el materialismo nació del sofisma, que es una negación de la verdad, de la que se servirían los sofistas griegos para negar la posibilidad del conocimiento real. El Materialismo Científico vale históricamente por su reivindicación social, más el error fatal de la inversión de la Dialéctica de Hegel lo coloca hoy, en posición filosófica retrógrada. Le falta la luz del espíritu y cuando esta aparece, iluminado por manos piadosas, huye a toda prisa, no puede soportarla, como sucedió recientemente en la Universidad de Kirov, con el incómodo descubrimiento del cuerpo espiritual del hombre por científicos soviéticos.

Es curioso que, a pesar del acelerado desarrollo científico de nuestro tiempo, estamos aún apegados al método deductivo — empirista del largo pasado humano. Los métodos de la investigación tecnológica nos sirven para descubrimientos sorprendentes en las investigaciones fragmentarias de la realidad exterior, pero en lo concerniente a los problemas de la esencia y de la naturaleza humana no avanzamos un paso más allá de la imaginación. Nuestro barco mental encalló en las aguas turbias de las ideas hechas y de las deducciones precipitadas del proceso teológico. El misticismo de los creyentes religiosos se transformó, en la era científica, en una forma espuria de la mitología de Bacon, fundada en la idolatría supuesta de las soluciones mentales. Continuamos apegados a los ídolos del pensamiento baconiano. Imantados a preconceptos de milenios, nos precipitamos en conclusiones envejecidas, sin el menor respeto por el método cartesiano. Modelamos nuestra imagen en la roca, con el cincel de Miguel Ángel y, como el, queremos forzar esa imagen a hablar. No creemos en la evidencia de la Física, con miedo de volatilizarnos en la realidad atómica que nos revela la inconsistencia de la carne, de sus formas desgastantes y mortales. Consideramos a la Física válida para las cosas más duras que nosotros, pero mantenemos intacta la imagen del hombre carnal. Le tememos a nuestra propia dispersión en el espacio y queremos escondernos en las cavernas de Bacon. Descartes, el espadachín atrevido, nos aterroriza más que las explosiones atómicas. Viajamos hacia la Luna envueltos en escafandras de seguridad y volvimos de los viajes espaciales asustados y aferrados a las ideas esquemáticas de los teólogos medievales, como aconteció con los astronautas americanos. El instinto de conservación animal predomina sobre la razón científica y nos tornamos místicos como los frailes auto-flagelantes. Las máquinas americanas de producción de sectas religiosas en serie funcionan a un ritmo acelerado que da miedo, aumentando de manera atemorizante la capacidad de exportación de pastores americanos hacia todo el mundo.

Los astronautas soviéticos, materialistas, vuelven del espacio sideral alardeando que Dios no existe porque ellos no lo encontraron en los suburbios orbitales del planeta. Repetirán, en escala cósmica, las bravuconadas infantiles de los cirujanos del siglo XVIII que se vanagloriaban de nunca haber encontrado el alma en la punta de sus bisturís. Los siglos pasan, el conocimiento avanza, pero las orejas de Midas continúan plantadas en la Tierra. Hasta un filósofo como Bertrand Russel, innegablemente lúcido, se desliza en la lógica declarando que, a pesar de los estragos hechos con el concepto de materia, la verdad es que las leyes físicas continúan en vigor. La hipnosis materialista entorpece los cerebros. Por otro lado, el apego del hombre al cuerpo material perecible, alimento de los gusanos — no deja a los más ilustrados materialistas, enemigos férreos de Dios, percibir que, con ese apego, rinden homenaje al supuesto enemigo en esa obstinada idolatría de la carne. Combaten al Creador pero no quieren salir del corral de sus creaciones efímeras.

En su libro Los Extraños Fenómenos de la Psique Humana, Vasiliev nos ofrece una nueva imagen del Prometeo encadenado a las rocas del Cáucaso, con su hígado devorado por los buitres. Y la imagen trágica de un Prometeo a la inversa, que no robo el fuego del cielo, en que no cree, pero lucha desesperadamente para mantener acceso al fuego terreno de Vesta, después que las mismas vestales del materialismo lo apagaran. El notable científico soviético se hace campeón del absurdo para irse contra las más recientes e indescifrables conquistas espiritualistas de las Ciencias. Vigilado por el Leviatán del Estado, gasta su inteligencia y su conocimiento transitorio, debatiéndose inútilmente en la lucha contra la verdad eterna de la naturaleza espiritual del hombre. Como Bertrand Russel, no percibe que las leyes físicas descubiertas por las investigaciones científicas no son más que los fundamentos de la realidad material generada e sustentada por el poder creador el Espíritu. Esas leyes no hacen parte de la concepción materialista, pero sí de la estructura de la Realidad Total en que la materia se inserta en el plano sensorial ilusorio. Bertrand, Vasiliev e René Sudre — ese corrillo chismoso y centenario de la batalla contra el espíritu — no percibieron aún que sus uñas, sus cabellos y sus ojos no son lo que ellos ven y sienten, sino plasmas atómicos, plasmas oscuros y condensados por el condicionamiento de nuestros sentidos, en las formas de percepción ilusoria de la realidad real, que solo ahora estamos descubriendo.

El hombre por la mitad, esa visión parcial del hombre que hoy poseemos, es simplemente un animal dotado de instintos, entre los cuales sobresale el de la reproducción de la especie. El psiquismo humano no existe, es fisiológico y no psíquico. De ahí la falencia de la Psicología Terapéutica e especialmente de la Psiquiatría Libertina. Por eso, los psiquiatras honestos se apegan hoy a los recursos del Espiritismo — La Ciencia del Espírito, fundada por Kardec —, la única ciencia real, basada en la investigación de los fenómenos, capaz de completar nuestra visión del hombre de manera positiva. Solo un psiquiatra dotado de recursos espíritas puede enfrentar con eficacia los extraños fenómenos de la Psique humana que aturden a los especialistas más experimentados.



[1] Arma ofensiva usada por los indios, hecha de madera, semejante a una pequeña espada. Nota del traductor.

Parásitos y vampiros.

La economía de la Naturaleza nos revela la unidad funcional de todos los procesos vitales. La Naturaleza, en su infinita variedad de cosas y seres, no malgasta energías y formas, contenidos y contenedores, en sus estructuraciones. Del reino vegetal al animal el proceso creador es uno, obligándonos a una concepción monista del universo. La Fisiología de la Naturaleza, según la ley de diferenciación en la unidad, se muestra estructurada y funcional por los mismos sistemas adaptados a cada reino. De la savia del vegetal a la sangre de los animales y el hombre, y de las estructuras auditivas inferiores a las superiores, la organización es la misma. De los sistemas de motilidad, percepción, alimentación y asimilación de las plantas al hombre, el sistema de funcionalidad solo varia en lo que respecta a las adaptaciones específicas. De la misma manera y por la misma razón, el parasitismo vegetal se desarrolla en la dirección del parasitismo animal y del vampirismo hominal-espiritual. Y así como el parasitismo influye en el desarrollo de las plantas y en el comportamiento de los animales, el vampirismo influye en el comportamiento humano individual y social. Entre los diversos elementos, cosas y seres que actúan sobre el comportamiento humano, el más perturbador y que más amenaza las estructuras físicas y espirituales del ser humano es el vampirismo, porque es la actuación consciente de un ser sobre otro, para deformarle los sentimientos y las ideas, perturbarle la mente y llevarlo a prácticas y actitudes contrarias a su equilibrio orgánico y psicológico.

En el parasitismo, incluso en el espiritual, hay una tendencia de adaptación del parasito a la víctima. La ley es la misma del parasitismo vegetal y animal. La entidad espiritual parasitaria busca adaptarse al parasitado, en la posición de una sub-personalidad afín. Ambos viven en sintonía, pero el parasito a costa de las energías del parasitado, cuyo desgaste aumenta de manera progresiva. Ambos ganan y pierden en esa conjugación nefasta. El parasitado sufre doble desgaste de sus energías mentales y vitales y el parasito cae en su dependencia, perdiendo su capacidad individual de supervivencia y conservación. La muerte del parasitado afecta al parasito, que muere sugestivamente con él, pues perdió la capacidad de vivir, sentir y pensar por sí mismo. Los casos de personas dependientes, excesivamente tímidas, desanimadas, ineptas para la vida normal, esas de las que se dice que “pasaron por la vida, pero no vivieron”, son casos típicos de parasitismo. Las mismas condiciones orgánicas de esas personas, que no reaccionan adecuadamente a la ayuda de medicinas, alimentos y estímulos ambientales, de las prácticas físicas o espirituales, son el resultado no solo de las deficiencias orgánicas sino también de la sobrecarga invisible del parasitismo espiritual. Los medicamentos estimulantes y los tratamientos psicológicos raramente producen los efectos deseados. Sin embargo, la conjugación de esos recursos con el tratamiento espiritual para la expulsión del parasito, que representa en el organismo de la víctima una forma subnormal de vida consumidora, generalmente produce resultados sorprendentes. Las causas de esa situación mórbida son el resultado de procesos kármicos originados por asociaciones criminales con cómplices del pasado. Los recursos espirituales son los pases espíritas, la frecuencia regular a las reuniones mediúmnicas, el estudio y la lectura de los libros básicos de la doctrina, la práctica de la oración individual por el parasitado en favor del parasito o parásitos.

Todas esas providencias deben ser orientadas por personas conocedoras del Espiritismo, sin pretensiones y dotadas de buen sentido, lo que permitirá el control del proceso de curación. Todas las prácticas exorcistas, quema de incienso y veladoras, aplicación de pases padronizados, uso de plantas supuestamente milagrosas u objetos de magia solo agravaran la situación. El espíritu parasito es una criatura humana con derechos comunes a la especie humana y debe ser siempre encarado como compañero de sufrimientos del parasitado. En esos tratamientos no se debe despreciar el concurso médico, pues los efectos negativos del parasitismo espiritual, debilitando el organismo de la víctima, propician también la infiltración de los parásitos del medio físico, que deben ser combatidos con medicamentos específicos. Aunque la acción espiritual de las entidades protectoras pueda ayudar también al reequilibrio orgánico, la presencia de un médico, si es posible espírita, es necesaria. Se engañan quienes se vuelven contra la medicina en estas situaciones, pues las leyes y los recursos del medio físico son los más adecuados en esos casos. Cada plano de la Naturaleza tiene sus necesidades específicas, que precisamos respetar. Existen también los Espíritus de la Naturaleza que trabajan en el plano físico.

Esas entidades semimateriales, de cuerpos periespíriticos, están en ascensión evolutiva hacia el plano hominal. Son los llamados elementales de la concepción teosófica, derivada de las doctrinas espiritualistas de la India. Las funciones de esas entidades en la Naturaleza son de gran responsabilidad. El Espiritismo pone énfasis en el estudio y en la investigación de los espíritus humanos, que son los de nuestro plano evolutivo, dotados de conciencia e inteligencia racional más desarrollada. Los parásitos ya pertenecen al plano humano. Son considerados en la Teosofía y en otras corrientes espiritualistas como larvas astrales. En realidad no son larvas ni elementales, son entidades que necesitan de ayuda y adoctrinamiento. Los teosofistas atribuyen también las comunicaciones espirituales a los llamados cascarones astrales, que son para ellos envoltorios espirituales, periespíritus abandonados por los muertos y de los que se sirven los elementales o espíritus burlones para manifestarse en las sesiones mediúmnicas como si fueran espíritus de muertos. La teoría de los cascarones fue creada por Mme. Blavatski después de una sesión mediúmnica a la que asistió en Nueva York. El Sr. Sinet declara en su libro “Incidentes de la Vida de Mme. Blavatski” que ella cometió un engaño de observación, al cual nunca más se refirió. Sinet, teósofo de proyección y compañero de Blavatski, diverge de los teosofistas que continúan aceptando esa falsa teoría. André Luiz se refiere a los ovoides, espíritus que perdieron su cuerpo periespiritual y se ven cerrados en sí mismos, envueltos en una especie de membrana. Eso nos recuerda la teoría de Sartre sobre ser-en-sí, forma anterior del ser espiritual, que la rompe al proyectarse en la existencia por necesidad de comunicación. La acción vampiresca de esos ovoides es aceptada por muchos espíritas amantes de las novedades. Pero esa novedad no tiene las condiciones científicas ni el respaldo metodológico para ser integrada a la doctrina. No pasa de ser una información aislada de un espíritu. Ninguna investigación seria, por investigadores competentes, probó la realidad de esa teoría. No basta el concepto del médium para validarla. Las exigencias doctrinarias son mucho más rigurosas, en lo que se refiere a la aceptación de las novedades. El Espiritismo estaría sujeto a la más completa deformación, si los espíritas se entregasen al delirio de los cazadores de novedades. André Luiz se manifiesta como un neófito entusiasmado por la doctrina, empleando a veces términos y conceptos que desentonan de la terminología doctrinaria y que no siempre se ajustan a los principios espíritas. La amplia libertad que el Espiritismo faculta a sus adeptos tiene límites rigurosamente fijados en la metodología kardeciana.

En el caso del parasitismo y del vampirismo todo rigor es poco, pues los rigores y engaños de interpretación pueden llevar los trabajos de curación por desvíos peligrosos.

Si no enfrentamos el parasitismo y el vampirismo en términos rigurosamente doctrinarios, con el debido respeto al método kardeciano, seremos susceptibles de ser engañados por espíritus mistificadores que pasaran a vampirizarnos. Porque el vampirismo es un fenómeno típico de las relaciones interpersonales.

Tanto en la vida material como en la espiritual el vampirismo es un proceso común y universal del relacionamiento afectivo y mental de las criaturas. Es vampiro el sacerdote que fanatiza a un creyente y lo somete a sus exigencias para explotarlo con la promesa del Cielo, también es vampiro el político demagogo que fascina a los adeptos a sus ideas y los lleva al sacrificio inútil y brutal de la rebelión y el terrorismo. Es vampiro el espírita o médium que fascina a los ingenuos con la adulteración de poderes que no posee, revelándoles supuestas reencarnaciones deslumbrantes y conduciéndolos al delirio de sus ambiciones de grandeza. Es vampiro el negociante que se apodera del dinero de sus clientes con falsas promesas de un futuro improbable. Es vampiro el galanteador donjuanesco que se aprovecha del afecto de las mujeres inseguras para explotarlas. Es vampiro el alcohólico o drogadicto que siembra la desgracia a su alrededor. Es vampiro el espíritu sagaz y vengativo que absorbe las energías de las criaturas humanas y subyuga otros espíritus para actuar en la conquista y dominación de otras, y así sucesivamente, en el amplio y variado patrón del vampirismo material y espiritual.

Por todo eso, la cura del vampirismo no es más que un proceso de separación de los implicados, del alejamiento del vampiro de la órbita de su víctima. Pero no basta ese primer paso, es necesaria la persuasión de los involucrados a través del adoctrinamiento espírita. El adoctrinamiento es la transmisión del conocimiento doctrinario a las dos partes. Sin esa transmisión el proceso no se completa y la cura solo será una suspensión del vampirismo por algún tiempo. Como enseñó Jesús (y vemos en los Evangelios) podemos protegernos de los agresores que se apoderaron de la casa, limpiarla y ordenarla. Pero si esta queda vacía, los agresores invitaran a otros compañeros y la retomaran. En ese caso, el estado de la vivienda estará peor que antes. Conforme al grado de compromiso y responsabilidades mutuas entre el vampiro y sus víctimas, el tratamiento será más o menos prolongado. Los vampiros son obstinados y persistentes, pues el vampirismo es para ellos la manera de mantenerse en la rutina de sus adicciones. La víctima, a su vez, se siente cómoda en el vampirismo y acostumbrada en la entrega de sí misma sin resistencia. La asistencia regular de la víctima a los pases y a las sesiones mediúmnicas es el único medio posible de fortalecerla para resistir. No nos engañemos con las mejoras instantáneas. Los vampiros no sueltan fácilmente a sus víctimas. Se apartan estratégicamente y vuelven con más furia a la primera oportunidad que se les presente. Es necesario que las víctimas curadas estén convencidas de esto y prepararse para rechazarlos en sus embestidas mañosas. A pesar de esas dificultades, en trabajos bien dirigidos no es raro que se consigan resultados relativamente rápidos, que permiten mayores posibilidades en la consolidación de la cura.

El fracaso de la psiquiatría, con sus métodos modernos, es el resultado de la falta de consideración de esos factores espirituales en los diversos tipos de perturbaciones mentales y desequilibrios emocionales. Impotentes ante aquellos casos graves, como las inversiones y desvíos sexuales, los psiquiatras más actualizados adoptaron una táctica de dilación persuasiva, considerando normales estas anomalías. Consideran peligrosa resistirse a los impulsos inferiores de la libido, alegando que reprimirlas trae como consecuencia complejos irreversibles. Los psiquiatras espíritas, que afortunadamente hoy son numerosos, no pueden aceptar esa táctica de claudicación, que los convertiría en cómplices de los vampiros. Ellos están en el deber indeclinable, profesional y de conciencia, a organizarse en asociaciones de investigación, fundamentadas en la Ciencia Espírita y en la Psiquiatría, ante la necesidad de enfrentarse a esos medios de degeneramiento de la especie.

La sexualidad es el fundamento de la vida y el sexo es su forma de manifestación. Los psiquiatras ingenuos o ignorantes, juegan con fuego en consultorios y clínicas y están incendiando al mundo. Corren hacia el sofisma en defensa propia, alegando la imposibilidad de caracterizar entre lo que es normal y lo que es anormal. Con eso pretenden declarar normales las anormalidades más viles. Más la normalidad se define por sí misma en el entorno social. El sexo masculino define la personalidad normal del hombre en sus funciones creadoras. El sexo femenino define la personalidad normal de la mujer. Confundir ajos con cebollas es una táctica de negociantes fraudulentos e inescrupulosos. Decir a un adolescente que se siente dominado por impulsos negativos y procura librarse de ellos: “Eso es normal, consiga un compañero” es lanzar al infeliz en la rueda viva de un futuro vergonzoso. No es esa la función del médico  ante el enfermo que lo busca. Ya existen consultorios y clínicas dotados de lechos ocultos, para los cuales son invitados pacientes desesperados hacia una terapéutica libertina. El médico, en este caso, se receta a sí mismo como medicamento salvador. La llamada terapia grupal se transforma en gigolismo científico, en la que mujeres desorientadas son presentadas por los médicos a hombres insatisfechos que pueden adornar las frentes de sus maridos con base en la prescripción.

Un médico espiritualista nos comentó una anécdota que afirmó no ser anécdota: El Sr. B. una figura social importante, tenía la costumbre de recoger colillas de cigarrillo en la calle y llenar sus bolsillos con ellas. El psiquiatra que consulto lo sometió a un tratamiento modernísimo. Encontrándolo más tarde, el médico espiritualista le preguntó que si se había curado. Si le respondió el personaje empavonado. Continúo recogiendo las colillas de cigarrillo pero ahora no me da vergüenza. Lo hago con gusto. Las técnicas psiquiátricas más modernas, como se ve, proceden de la remota fase griega de los sofistas, de los cuales Sócrates se desligó para poder encontrar la Verdad.


Mediúmnidad estática.

La Mediúmnidad es una sola, es un todo, pero puede ser encarada en sus varios aspectos funcionales, que son caracterizados como formas variadas de su manifestación. Kardec la dividió, para efecto metodológico, en dos grandes áreas bien diferenciadas: la mediúmnidad de efectos inteligentes y la mediúmnidad de efectos físicos. Esa división prevaleció en las ciencias derivadas del Espiritismo. Charles Richet, fundador de la Metapsíquica, estableció en esa ciencia la división de las dos áreas con los nombres de metapsíquica subjetiva y metapsíquica objetiva, correspondiendo exactamente a la división espírita. En la Parapsicología actual, fundada por Rhine y McDougal, las dos áreas figuran con las denominaciones de: Psi-gamma (de fenómenos subjetivos o mentales) y Psi-kappa (de fenómenos objetivos o de efectos físicos). La llamada Ciencia Psíquica Inglesa, como la antigua Parapsicología Alemana, la Psicobiofísica de Schrenk-Notzing y otras varias escuelas científicas mantuvieron esa división, lo que prueba el acierto metodológico de Kardec. La expresión médium también prevaleció, llegando incluso a la Parapsicología Soviética, materialista, que la conserva en sus publicaciones oficiales. Sólo algunas ramas científicas sofisticadas, como la Metergia[1] y la Psicorragia[2] inventaron substitutivos para la cómoda y clara palabra médium, pero que no se popularizaron. En la Metergia el médium se llama metérgico y en la Psicorragia se llama psicorrágico. Palabras científicas sólo usadas por algunos médiums pedantes que no quieren llamarse médiums. Las denominaciones dadas por la Parapsicología actual no son pedantescas. Son simples nombres de letras del alfabeto griego, tradicionalmente empleados en las Ciencias para designar los fenómenos. Tampoco es verdad que la Parapsicología actual haya dado otros nombres a los fenómenos para diferenciarse del Espiritismo. El problema es otro: en la investigación científica no se pueden usar designaciones que impliquen interpretación anticipada del fenómeno. Escogiendo letras griegas para designar los fenómenos a ser investigados, los parapsicólogos usaban palabras neutras, como exige la metodología científica. Una cuestión de método. A pesar de ese criterio, la palabra sensitivo, por ejemplo, escogida para sustituir médium, ya fue abandonada por varios parapsicólogos, que volvieron a la expresión médium, como vemos en el caso soviético.

La terminología espírita adoptada por Kardec es simple y precisa. Pero en lo tocante a las dos áreas fundamentales de los fenómenos de efectos inteligentes y efectos físicos, era necesario una adición. Además de esa división fenoménica, había el problema de la división funcional. Kardec notó la generalización de la mediúmnidad y los espíritus lo ayudaron, como se ve en el Libro de los Médiums, con una especificación curiosa. Tenemos así dos áreas de la función mediúmnica, designadas como mediúmnidad generalizada y mediúmnato. La primera corresponde a la mediúmnidad natural, que todos los seres humanos poseen, y la segunda corresponde a la mediúmnidad de compromiso, o sea, de médiums investidos espiritualmente de poderes mediúmnicos para finalidades específicas en la encarnación. Como Kardec mencionó la existencia de médiums eléctricos y varias veces comparó la mediúmnidad con la electricidad, surgió más tarde entre algunos estudiosos, entre ellos Crawford, la idea de una división más explícita, con la designación de mediúmnidad estática y mediúmnidad dinámica. La primera corresponde a la mediúmnidad natural que todos poseen y permanece generalmente estancada, con manifestaciones moderadas y casi imperceptibles. La segunda corresponde a la mediúmnidad activa, que exige desarrollo y aplicación durante toda la vida del médium.
La falta de conocimiento de esa división acarrea dificultades e inconvenientes en la práctica mediúmnica, particularmente en los trabajos de Centros y Grupos. La mediúmnidad estática no es propiamente una forma de energía que permanece en el organismo corporal en estado letárgico. Es simplemente la disposición natural del espíritu para expandirse, proyectarse y entrar en relación con otros espíritus. La Parapsicología actual confirmó la tesis espírita de las relaciones telepáticas permanentes en la vida social. Nuestra mente funciona, según acentúa John Ehrenwald en su estudio sobre relaciones interpersonales, como activo centro emisor y receptor de pensamientos. Estamos siempre conversando sin percibirlo. Muchos de nuestros monólogos son diálogos con otras personas o con espíritus. Mensajes de Emmanuel y André Luiz, a través de Chico Xavier, se refieren a las interrogaciones mentales que ciertos espíritus nos hacen, ya sea para evaluar nuestro estado mental y ayudarnos a corregirlos, ya sea para fines obsesivos. Un obsesor se aproxima a nosotros y sugiere mentalmente el nombre o la figura de una persona. Comenzamos a pensar en esa persona y a desfilar en la mente los datos que poseemos sobre ella. El obsesor insiste y nosotros, sin percibir, vamos dándole la ficha de la persona o nuestras opiniones sobre ella. Ayudamos al obsesor sin saber. Otras veces pretende saber cuál es nuestra posición en un caso de desacuerdo con un amigo. Nosotros se lo revelamos y él entra a envolvernos en un proceso obsesivo. Por eso Jesús aconsejó: “Orad y vigilad”. Debemos vigilar nuestros pensamientos y orar por aquellos que consideramos en error. Si hiciéramos así ciertamente nos libraremos de muchas perturbaciones y muchos disgustos innecesarios. Los monólogos del hombre son siempre observados por las testigos invisibles, buenos o malos, que nos cercan. La mediúmnidad estática funciona en forma permanente en nuestro psiquismo. Forma parte de nuestra naturaleza, no es una gracia ni una prueba, es un elemento esencial de nuestra constitución humana.

A la casas espíritas recurren muchas personas perturbadas e incluso obsesionadas, que en general son consideradas como médiums en fase de desarrollo.

Muchas de ellas son sólo víctimas de persecución de espíritus inferiores, resultantes de interrogaciones mentales. Por ese u otros motivos, esas criaturas están realmente envueltas en un proceso de obsesión, pero no son médiums en desarrollo. Necesitan de pases, de participación en las sesiones, pero no de sentarse en la mesa mediúmnica para desarrollar la mediúmnidad. Esas personas, tratadas debidamente, se libran de la obsesión pero no revelan más los síntomas mediúmnicos derivados de la obsesión. Esas personas no están envestidas de mediunato, no necesitan ni pueden desarrollar su mediúmnidad estática. Esta le sirve para guiarse en la vida a través de intuiciones y percepciones extra-sensoriales. La obsesión ocasional, por su parte, sirvió para acercarla al Espiritismo, despertarle o reanimarle el sentimiento religioso, encaminarla en un sentido más elevado en su manera de vivir, en la búsqueda de sintonías mentales benéficas y no perjudiciales.

Las personas no dotadas de mediunato no están desprovistas de los recursos mediúmnicos. Por el contrario, pueden ser muy sensibles e intuitivas, disponiendo de percepciones eficaces en todas las circunstancias. Los dirigentes de sesiones no pueden olvidar ese problema, que les evitará muchos engaños en el trato con las manifestaciones mediúmnicas. Las obsesiones no son producidas sólo por espíritus. Hay muchos casos de obsesiones telepáticas, provocadas por personas vivas. Kardec trató de esos casos refiriéndose a la telepatía como telegrafía humana. Sentimientos de aversión, de odio, de venganza, acompañados de pensamientos agresivos, pueden dar la impresión de verdaderos procesos de obsesión por espíritus inferiores. Estos generalmente se envuelven en tales casos y se manifiestan en las sesiones con sus acostumbradas bravatas, pasando como los responsables por perturbaciones en que sólo se entrometen. Eliminando el proceso telepático, esos espíritus se alejan, se sienten impotentes para proseguir en la temeraria empresa. El Dr. Ehrenwald relata un caso de su clínica psicoanalítica, en que un muchacho era rechazado por los compañeros de pensión. El rechazo era oculto, pues todos fingían apreciarlo. Sólo la investigación del médico probó lo que le pasaba. Alejando el paciente hacia otro medio, los síntomas obsesivos desaparecieron gradualmente, en la proporción en que los verdugos lo olvidaban. Ese famoso médico psicoanalista, ante casos de ese orden, propuso la ampliación de los métodos de investigación parapsicológica incrementando los métodos significativos de la Psicología con los métodos cualitativos de la investigación espírita. Había realmente llegado la hora en que la Parapsicología actual debía superar el primarismo de los métodos de investigación puramente cuantitativos, bajo control estadístico, para enfrentar el problema de las consecuencias de la acción telepática en el medio social. Posteriormente la Profa. Louise Rhine, esposa y colaboradora del Prof. Rhine, publicaba su libro Los Canales Ocultos de la Mente, relatando investigaciones de campo sobre los fenómenos paranormales. Alegaba que las investigaciones de laboratorio eran demasiado frías y despojaban a los fenómenos la riqueza emocional de su significado. El libro de la Señora Rhine presenta una secuencia impresionante de casos esencialmente espíritas.

Todos los ríos llevan sus aguas hacia el mar. Todas las ciencias psíquicas desembocan fatalmente en el delta del Espiritismo. No podemos despreciar sus investigaciones y sus conclusiones. Los parapsicólogos verdaderos, que son científicos universitarios, no deben ser confundidos con sacerdotes inconscientes que presentan al público una deformación sectaria e intencional de la parapsicología. Esos padres, frailes y pastores que zapatean sobre la ignorancia y la ingenuidad del pueblo, son accionados por intereses materiales evidentes y por entidades espirituales inferiores, que se sirven de la mediúmnidad estática de ellos para llevarlos a campañas sin gloria y a la explotación deplorable de la buena fe de los fieles. Pero la verdad es que están en las mallas de la mediúmnidad que niegan y combaten. La mediúmnidad estática duerme en sus propias entrañas, a la espera de que se hagan capaces de percibirla y comprenderla.

En la línea natural de los procesos de percepción, la mediúmnidad estática aflora, a veces, dadas las circunstancias favorables, en una eclosión semejante al desarrollo mediúmnico. Hay casos de premonición que surgen de un peligro eventual, casos de videncia pasajera, que parecen síntomas de mediunato en eclosión. Es difícil saberse de inmediato, lo que pasa, especialmente en virtud del estado emocional de los pacientes. Pero basta una observación paciente, con la frecuencia de las sesiones mediúmnicas, para inmediatamente verificarse que se trata sólo de ocurrencias aisladas y ocasionales. La mediúmnidad estática tiende siempre a volver a su acomodación en el psiquismo normal. Lo que a veces complica esas ocurrencias pasajeras es la insistencia en el desarrollo mediúmnico o las aplicaciones terapéuticas de choque y dosificaciones excesivas de drogas en los recetarios médicos.



[1] Metergia, en parapsicología tiene dos acepciones (ya en desuso) telecinesia y telergia (Nota del traductor).

[2] Psicorragia: Liberación violenta de las fuerzas psíquicas residentes en el inconsciente humano (Nota del traductor).

Mediúmnidad dinámica.

La mediúmnidad dinámica no permanece en éxtasis en el organismo del médium. No actúa de manera discreta y sutil, como la mediúmnidad estática. Por el contrario, se desborda agitada en fenómenos de captación y proyección, y no es raro que explote en procesos obsesivos. Es la llamada mediúmnidad de servicio, destinada a la ayuda y al socorro del prójimo. Deviene de los compromisos asumidos en el plano espiritual, ya sea para auxiliar sin discriminación a los que necesitan de ayuda y orientación, o para el rescate de deudas morales del pasado con entidades necesitadas, cuyo estado inferior se debe, en parte o totalmente, a las acciones del médium en vidas anteriores. El médium no disfruta sólo las ventajas de la mediúmnidad generalizada, pues se ve investido de una misión mediúmnica a que los Espíritus dieron el nombre de mediúmnato. La situación del médium es bien diferente de la común. Él es continuamente solicitado para atender a las entidades desencarnadas carentes de ayuda y elucidación. Si rechaza su compromiso o intenta posponerlo queda sujeto a perturbaciones y finalmente a la obsesión. El mediunato le fue concedido para reparar los errores del pasado y recuperar a los espíritus que llevó a la perdición, a la incredulidad e incluso a la rebeldía en vidas pasadas. No obstante el determinismo implícito en el mediunato, su libre arbitrio continúa intacto. Así como escogió y pidió esa situación al volver a la encarnación, por su libre voluntad, así también podrá ahora optar por el cumplimiento de la misión o por su rechazo, luchando naturalmente con las consecuencias de la fuga del deber.

El mediunato es también concedido en casos de pura asistencia al prójimo y ayuda a la Humanidad, como nos muestra el ejemplo histórico de las niñas Boudin, Julia y Carolina, en París, cuya mediúmnidad admirable garantizó el éxito de la misión de Kardec. Pero el mismo Kardec no era médium, porque su misión era científica y no mediúmnica. Le competía estudiar e investigar la mediúmnidad para desarrollar la incipiente cultura terrena, revelando a los científicos la faz oculta de la Naturaleza, la realidad desconocida del otro mundo que ellos no percibían y cuando la percibían no la aceptaban. Las niñas Boudin, que contaban con sólo 14 y 16 años, fueron los instrumentos mediúmnicos de que él se sirvió para la elaboración de la Doctrina. Interrogaba a los espíritus a través de ellas, aceptaba o rechazaba lo que decían, discutía libremente con ellos y observaba otros médiums, como la Srta. Jafet, Didier hijo, Camille Flammarion, Victorien Sardou y muchos otros. No era un profeta, ni un vidente o un Mesías: era un investigador incansable y exigente. La voluminosa, minuciosa e inabalable obra que dejó, formaba un bloque compacto de más de veinte volúmenes de cuatrocientas páginas y media, nos muestra porque él no podía disponer de un mediunato. Tenía que dedicarse enteramente, como se dedicó hasta el agotamiento, al trabajo intelectual. Es grandiosa la epopeya humilde de ese hombre, investigador solitario de una ciencia que todos combatían y ridiculizaban. Si no estaba investido de mediunato, disponía de la intuición en alto grado, de un buen sentido que le permitió solidificar y estructurar la doctrina en bases seguras y vencer fácilmente las más sofisticadas embestidas de los intelectuales, de los sabios, de los ateos y materialistas, de las academias e instituciones culturales, de las iglesias y de los teólogos, mostrándoles con serenidad y claridad meridiana los errores temerarios en que incidían. La mediúmnidad estática le permitía, en los últimos años de trabajo, ser advertido directamente por los espíritus de lapsos ocurridos en sus escritos, como se puede ver en sus anotaciones publicadas en Obras Póstumas. Si los hombres no fuesen tan estúpidos como demostró Richet en L´Homme Stupide, le habrían ahorrado a Kardec muchos sin sabores y muchas luchas que tuvo que sostener. Para comprenderse mejor la razón por la cual Kardec no tuvo un mediunato, basta recordar el caso de Swedenborg en Suecia y de Andrew Jakson Davis en los Estados. El primero era uno de los mayores sabios del siglo XVIII, amigo de Kant y fue un precursor del Espiritismo. Pero, dotado de extraordinaria videncia, se perdió en sus propias visiones, fascinado por la realidad invisible, y acabó creando una secta llena de absurdos. El segundo era también vidente y lanzó una serie de libros en que lo fantástico supera las posibilidades de la realidad. Kardec pudo realizar su trabajo con firmeza porque no quiso ser más que el hombre, como decía Descartes, permaneciendo con los pies en el suelo y examinando todas las manifestaciones espirituales con el más riguroso criterio científico. Los fenómenos mediúmnicos son los más difíciles de examinarse con frialdad. El médium no escapa a los impactos emocionales de esas manifestaciones, como Kardec vio en el ejemplo de Flammarion. Por otro lado, la condición de médium lo haría sospechoso a los ojos desconfiados de los hombres de ciencia. Su posición firme en el campo cultural y en las áreas de investigación, que le valieron la alabanza de Richet y el respeto de Crookes, Zöllner y otros científicos concienzudos, y principalmente su lógica poderosa lo libraron de los peligros que él mismo señalaba en lo referente a la compleja y fascinante problemática del Espiritismo. Tenía que hablar a los hombres como hombre, y así lo hizo, con el lenguaje humano de los que buscan la verdad.

Aún en el medio espírita el criterio de Kardec no fue suficientemente comprendido. Muchos censuraban su mesura en tratar los asuntos difíciles de la época. No entienden el valor del Libro de los Médiums y viven buscando novedades presentadas en obras mediúmnicas sospechosas. No perciben que el problema mediúmnico sólo ahora puede ser tratado científicamente con más desinhibición, gracias al avance de las ciencias en los últimos años. Pocos entienden el criterio ejemplar de una obra difícil como La Génesis y de un libro como El Evangelio Según el Espiritismo, en que las cuestiones explosivas de la fe irracional y mitológica tendrían que ser esquivadas. En las manos de un vidente esos libros no podrían ser escritos con la claridad racional en que lo fueron, porque las visiones místicas influirían en su elaboración. La videncia, como todas las formas de mediúmnidad, puede ocurrir ocasionalmente a cualquier persona, pero su acción permanente, en los casos de mediunato, puede bloquear la razón y excitar el misticismo. En esos casos el místico está sujeto a engaños fatales. El espíritu encarnado está condicionado a la vida del plano material, no disponiendo de seguridad para lidiar con los problemas del plano espiritual. Pero la vanidad humana lleva a los videntes a confiar en sus percepciones, pues eso los coloca por encima de los otros. En el desdoblamiento, con fines de investigación en el otro plano, ese problema se agrava, pues el desplazamiento del espíritu para un campo de acción que no es el suyo, durante la encarnación, lo coloca en el plano espiritual como un extranjero que necesitaría de tiempo para ajustarse a él. Por eso Kardec prefirió el estudio y la investigación a través de las manifestaciones mediúmnicas, donde es posible controlarse la legitimidad de las informaciones dadas por los mismos habitantes del plano espiritual.

Richet levantó el problema del condicionamiento de la videncia a la creencia del vidente. Frederic Myers demostró que nuestra mente está condicionada para la interpretación de las percepciones sensoriales. La conciencia supraliminal, donde funciona nuestra mente de relación, está vuelta hacia las condiciones del mundo en que vivimos. La conciencia subliminal, que equivale al inconsciente, se destina a funcionar normalmente en la vida futura, o sea, en el plan espiritual. Kardec observó todo eso con rigor, a través de investigaciones incesantes, en las comunicaciones mediúmnicas de espíritus encarnados, como se puede ver en los relatos de sus investigaciones publicados en la Revista Espírita. Los mismos espíritus recién-desencarnados se refieren siempre a la dificultades que enfrentan para adaptarse a la condiciones del mundo espiritual. Es pues, una temeridad confiarse en la videncia para establecer nuevos principios o sistemas de la práctica espírita. La videncia ayuda en las investigaciones, pero no puede ser su único instrumento. Los videntes que se colocan en la posición de conocedores absolutos del otro mundo, olvidándose de que su equipamiento sensorial y mental pertenece a este mundo, y se presentan en la condición de maestros y reformadores de la doctrina engañándose a sí mismos y engañando a los demás.

Se puede alegar la existencia del mediunato de la videncia. Pero ese mediunato jamás es concedido para las aventuras de espíritus de vivos en el plano espiritual, porque eso sería condenar el médium a una situación de dualidad peligrosa en la vida terrena. El mediunato de la videncia existe, pero con el fin de ayudar a las investigaciones o para demostraciones de la verdad espírita, pero nunca para la creación de condiciones anómalas en el campo mediúmnico. Las propias obras mediúmnicas, psicografiadas, que describen con exceso de minucias la vida en el plano espiritual deben ser encaradas con reserva por los espíritas estudiosos. Emmanuel explica, prefaciando un libro de André Luiz, que el autor espiritual se sirve de figuras analógicas para explicar hechos y cosas que no podrían ser explicados de manera fidedigna en nuestro lenguaje humano. Son peligrosas las dos posiciones extremas: la de los que no aceptan esas obras como válidas y la de los que pretenden sustituir por ellas las obras de Kardec. Los principios de la Codificación no pueden ser alterados por la obra de un espíritu aislado. La Codificación no es obra de la videncia, sino de una investigación científica realizada por Kardec bajo orientación y vigilancia de los Espíritus Superiores.

Estamos en una fase de rápidas transformaciones de conceptos y valores, pero no debemos olvidar que los conceptos y los valores del Espiritismo no se restringen al momento actual. Son conceptos y valores destinados a nuestra preparación para el futuro, de modo que no están prescritos.

De todo eso resulta un aumento de la responsabilidad espírita para todos los que se dejan llevar por la fascinación de las novedades. El Espiritismo es un campo de estudios difícil y delicado, y que no podemos descuidar un sólo instante la brújula de la razón. Al tratar de asuntos espíritas estamos actuando en un campo magnético en el que combaten las fuerzas del bien y del mal. No siempre las sabemos distinguir con seguridad y podemos dejarnos llevar por corrientes de pensamientos desorientadores. La vanidad, la pretensión y el orgullo humano siempre vacío y fácil de ser llevado por los vientos de la mistificación, el deseo liviano de diferenciarnos de la mayoría y la ambición enferma y presuntuosa de fantasear como maestros pueden llevarnos a traicionar la verdad. La obra de Kardec es la brújula en que podemos confiar. Ella es la piedra de toque que podemos usar para comparar la legitimidad o no de las piedras aparentemente preciosas que los explotadores de novedades nos quieren vender. Esa obra reposa en la experiencia de Kardec y en la sabiduría del Espíritu de la Verdad. Si no confiamos en ella es mejor que abandonemos el Espiritismo. No hay maestros espirituales en la Tierra en esta hora de pruebas, que es semejante a la hora de exámenes en una escuela del mundo. Jesús podría respondernos, delante de nuestra búsqueda comodista de nuevos maestros, como Abraham respondió al rico de la parábola: “¿Porque yo debería mandaros nuevos maestros, si tenéis con vosotros la Codificación y los Evangelios?”.

La mediúmnidad dinámica del mediunato exige nuestro esfuerzo continuo en la lucha hacia la sustentación de la verdad espírita en el mundo. Pero nadie se esquiva sin graves consecuencias al deber de la vigilancia. Los espíritus mistificadores cuentan sólo con dos puntos de apoyo para envolvernos: la vanidad y la invigilancia. Es más fácil para ellos aproximarse a nosotros y conquistar nuestra atención, que los espíritus esclarecidos nos socorran con sus intuiciones ponderadas. Estamos en un mundo de pruebas y de expiaciones, somos espíritus en evolución, y la mayoría reincidentes de encarnaciones fracasadas. Nuestro libre albedrío no puede ser violado, pero cuando aceptamos las mistificaciones de pretendidos reformadores usamos el libre arbitrio en la elección infeliz que hacemos. Este es un punto importante de la doctrina en que debemos pensar incesantemente. Nuestra responsabilidad en lo tocante al mediunato no nos permite liviandad alguna que no tenga un precio a pagar en el presente o en el futuro. En un ambiente mediúmnico dominado por el deseo de novedades y por la expectativa de lo maravilloso, estamos sujetos siempre a embriagarnos con el vino de las ilusiones. El principal deber de los médiums se resume en dos palabras: fidelidad y vigilancia. Si no fuéramos fieles a la doctrina y no estamos siempre vigilantes a las celadas de las tinieblas, estaremos sujetos a continuar el camino de los falsos profetas de la Tierra y de la erraticidad, que el ciego de la parábola llevará al barranco para caer con él.

Energía mediúmnica.

Desde Kardec, la teoría de los fluidos ha provocado divergencias entre los científicos y los espíritus. Se llegó a crear una prevención contra la palabra fluido y algunos espíritas ligados a actividades científicas pusieron a consideración la teoría espírita al respecto, proponiendo modificaciones en la terminología doctrinaria. El rápido avance de las ciencias en este siglo mostró que la razón estaba con Kardec. El propio fluido magnético, que el descubrimiento de la sugestión hipnótica parecía haber anulado por completo, retornó al campo de las hipótesis. En la revolución conceptual provocada por Einstein, sin embargo, la teoría del fluido universal no fue apartada del campo científico, sino colocada por él entre paréntesis, como problema pendiente para soluciones posteriores. Hoy la situación es enteramente favorable al Espiritismo. La Física Nuclear nos presenta una imagen fluídica del Universo, verdadero dominio de los fluidos. Ellos se presentan como formas de energía en los campos de fuerza que estructuran el aparente vacío de los espacios siderales, como elementos sustentadores de la vida en los procesos fisiológicos, corno flujos de partículas infinitesimales, dotadas de asombroso poder e incluso como elementos constitutivos del tiempo y del pensamiento.

La fase reciente de la Efluviografía, con el descubrimiento de la cámara Kirlian de fotografías sobre campos imantados con energía eléctrica en alta frecuencia, y las recientes experiencias soviéticas con esas cámaras adaptadas a microscopios electrónicos de alta potencia, liquidarán esa vieja pendencia. Se abrió nuevamente en el campo científico el área de la fluídica. Ya podemos pensar en términos de fluidos sin cometer ninguna herejía científica. Pero sería temerario querer definir la mediúmnidad como una especie de energía fluídica, pues su naturaleza se evidenció, desde el tiempo de Kardec, como un simple proceso de intermediación, o sea, de relación. La mediúmnidad en sí no es un tipo específico de energía, pero se procesa, como todo cuánto existe, a través de energías espirituales y materiales en conjugación. El acto mediúmnico tiene su dinámica operacional bien conocida, que fue explicada por los espíritus a Kardec, a contrapié de las hipótesis por este formuladas.

El espíritu tiene en sí mismo una forma de energía pura y sutil que no podemos captar y analizar de través de aparatos materiales. En la teoría espírita es el principio inteligente, dotado de potencialidades insospechadas. En nuestro estado evolutivo sólo conocemos el espíritu por sus manifestaciones a través de las energías por él usadas, pero esas energías no son el espíritu y si las fuerzas de que él se sirve. La esencia del ser es una realidad que se escapa a todas las posibilidades cognitivas de las ciencias. Sólo la filosofía consigue abordarla a través de los métodos del pensamiento, pero así mismo sin poderla definir como desea. En el Espiritismo nos apoyamos en la expresión principio inteligente para definir esa esencia y su naturaleza, porque la inteligencia, como poder capaz de penetrar en la esencia de las cosas y darnos el conocimiento, es su aspecto más evidente para nosotros. En verdad, sólo nos conocemos por los efectos del que somos, no por lo que somos.

Las energías de la mediúmnidad y su modo de actuar fueron definidas por Kardec, a través de sus investigaciones y con la ayuda de entidades espirituales superiores. Esa definición atrevida, largamente combatida, criticada y ridiculizada por sabios y no sabios, está hoy plenamente confirmadas por las investigaciones científicas de la Parapsicología, de la Física Nuclear, de la Metapsíquica en el plano fisiológico y así por delante. El Espiritismo se afirma hoy, como ciencia avanzada que forjó el avance de las ciencias a mediados del siglo pasado y aún tiene mucho que ofrecer en el futuro.

Las leyes que rigen los fenómenos mediúmnicos fueron esclarecidas por las investigaciones de Kardec, a pesar de las dudas y criticas irónicas de más de un siglo sobre esa innegable conquista científica, que están actualmente confirmadas. Eso nos muestra la solidez de la obra kardeciana.

La acción del espíritu sobre la materia, que sufrió contestaciones sofísticas durante un siglo, a pesar de su evidencia en nuestra propia estructura orgánica, fueron ahora confirmadas por las investigaciones de dos científicos soviéticos en la Universidad de Kirov, en Rusia, materialistas y desconocedores de la Doctrina Espírita. El impacto de ese descubrimiento provocó reacciones violentas del poder soviético, que sintió amenazada por ella la estructura ideológica del estado. Cesaron las noticias sobre la gran hazaña científica, con una especie de excomunión de los responsables, pero la divulgación hecha por las investigadores de la Universidad de Prentice Hall (EUA) que estuvieron en la URSS y entrevistaron a los investigadores soviéticos, son suficientes para mostrarnos la grandeza del hecho.

El mayor y más constante rechazo de los científicos a las conclusiones de las investigaciones espíritas sobre los fenómenos mediúmnicos se verificó en el área de los efectos físicos. Aún hoy, en el panorama parapsicológico, la propia existencia de esos fenómenos es puesta en duda por científicos sistemáticos, que se apegan a las concepciones materialistas o a las posiciones religiosas sectarias. Para tener una idea de ese tipo de posición, basta recordar la opinión expresada por un conocido físico paulista, profesor universitario, sobre el fenómeno de materialización. Dice él que el fenómeno es teóricamente posible, ante los conocimientos actuales de la Física, pero que, para realizarse sería necesaria una cantidad de energía sólo posible de obtener en un periodo de doscientos años. Sin embargo, como quedó demostrado en las experiencias científicas del Espiritismo, él puede ser comprobado en cualquier momento, pues el fenómeno de materialización se produce en pocos minutos. El engaño del físico fue esclarecido por un investigador espírita que demostró su error de clasificación científica. La materialización no es un fenómeno físico, exigiendo doscientos años de funcionamiento de la Central Hidroeléctrica de Urubupungá, sino un fenómeno fisiológico. La acción del espíritu sobre el médium provoca la emanación de ectoplasma de su organismo. El ectoplasma, descubierto y nombrado por Richet, Premio Nobel de Fisiología, no acumula materia en gran cantidad para formar un cuerpo físico real, sino que reviste el periespíritu o cuerpo espiritual del espíritu, dándole la apariencia de un cuerpo real. El físico opinaba, por engaño, aunque de buena fe, sobre un fenómeno que no pertenece al campo de su especialidad y que ya había sido confirmado por un gran especialista. Toda la producción de fenómenos físicos en el campo de la mediúmnidad es hecha por elaboración y aplicación de energías vitales y orgánicas del médium, con la colaboración involuntaria de los participantes de la reunión en que se verifica la experiencia.

Los científicos soviéticos, fascinados por los resultados de sus investigaciones y ajenos a los problemas ideológicos, constataron oficialmente, en la famosa Universidad de Kirov, que el hombre posee un campo energético que responde por la vitalidad y las funciones del cuerpo carnal. Verificaron que, en los casos de movimiento y levitación de objetos sin contacto, ese cuerpo energético expande corrientes de energía que impregnan los objetos a ser movidos a distancia por el médium. Son esas energías, cargadas de materia orgánica, a la cual Richet llamó ectoplasma y que el profesor Crawford, de la Universidad de Belfast, catedrático de mecánica, consiguió observar en toda su compleja mecánica de expansión y acción, descubriendo objetivamente el funcionamiento de palancas de ectoplasma en la producción de los fenómenos. Como se ve, la mediúmnidad es un proceso de relación-inductiva, en la que entran en juego energía psicofísicas y energías espirituales. En la Parapsicología eso quedó demostrado a través de numerosas investigaciones. El Profesor Rhine diferenció los dos tipos de energía al clasificar el pensamiento como extra físico. Las energías mentales son de naturaleza espiritual y provocan reacciones materiales en el cerebro. Las energías espirituales, que Rhine llamó extra físicas, no están sujetas a las leyes físicas. No sufren la acción de la gravedad, no se desgastan en su proyección a cualquier distancia y no son interceptadas por ninguna especie de barreras físicas. Experiencias en contravía, realizadas en la URSS por Vassiliev, con el fin de demostrar que no pasaban de ser un nuevo tipo de energías físicas, fracasaron por completo. De esa manera, la tesis espírita de la existencias de energía espirituales típicas quedo también comprobada científicamente. Continúa, y es natural, los debates teóricos al respecto, pero lo que importa en la Ciencia no son las opiniones y si los hechos. Y los hechos, como siempre, continúan fieles a la Doctrina Espírita. La mediúmnidad dispone de esos dos tipos de energía, pero no es en sí misma, ninguna de ellas. No hay una energía mediúmnica específica, sólo la acción controladora de la mente sobre la materia. Esta acción es la misma que dio origen al mundo y a toda la realidad, cuando el espíritu (en el caso del principio inteligente) aglutinó las partículas de materia y les dio estructuras múltiples. La relación espíritu-materia es una constante universal que se evidencia particularmente en los fenómenos vitales: en el vegetal, en el animal y en el hombre. Pero el acto mediúmnico es el punto de concentración en el que sus leyes se revelan con la debida claridad a los investigadores. Es natural que los científicos ajenos a los problemas espíritas encuentren dificultades en aceptar esa tesis. Además de eso, como observó el profesor Remy Chauvein, del Instituto de Altos Estudios de Paris, existe en el medio científico un caso alarmante de alergia al futuro.


Recientemente se proclamó en Rio de Janeiro el descubrimiento de un nuevo tipo de fenómeno espírita, basado en el principio de la inducción. Se trataba de la inducción de los estados patológicos de espíritus inferiores a criaturas humanas. Ese fenómeno, tantas veces tratado por Kardec, nada tiene de nuevo y se encuadra naturalmente en el capítulo de las obsesiones. Todo el proceso mediúmnico es de naturaleza inductiva. El espíritu y el médium funcionan como vasos comunicantes, en el sistema de relación-inductiva de la mediúmnidad. La misma hipnosis es también un proceso inductivo, lo que llevó a Kardec a acentuar la íntima relación entre hipnosis y mediúmnidad. El obsesor consciente actúa hipnóticamente sobre el obsesado. Estos problemas precisan ser estudiados con la debida atención por todos los que se entregan a trabajos mediúmnicos, principalmente cuando asumen responsabilidades de dirección. Muchos engaños y muchas desilusiones en la práctica mediúmnica surgen exclusivamente de la falta de conocimiento de la naturaleza y dinámica de la mediúmnidad. 

El acto mediúmnico.

El acto mediúmnico es el momento en que el espíritu comunicante y el médium se funden en la unidad psico-afectiva de la comunicación. El espíritu se aproxima al médium y lo envuelve en sus vibraciones espirituales. Esas vibraciones se irradian de su cuerpo espiritual alcanzando el cuerpo espiritual del médium. A ese toque vibratorio, semejante a un suave choque eléctrico reacciona el periespíritu del médium. Se realiza la fusión fluídica. Hay una simultánea alteración en el psiquismo de ambos. Cada uno asimila un poco del otro. Una percepción visual de ese momento conmueve al vidente que tiene la ventura de captarla. Las irradiaciones periespirituales proyectan sobre el rostro del médium la máscara transparente del espíritu. Se comprende entonces el sentido profundo de la palabra intermundo. Allí están fundidos y al mismo tiempo distintos, el semblante radiante del espíritu y el semblante humano del médium iluminado por la suave claridad de la realidad espiritual. Esa superposición de planos da a los videntes la impresión de que el espíritu comunicante se incorpora en el médium. De ahí la errónea denominación de incorporación para las manifestaciones orales. Lo que se da no es una incorporación, sino una interpenetración psíquica, como la de luz penetrando un vidrio. Ligados los centros vitales de ambos, el espíritu se manifiesta emocionado, reintegrándose en las sensaciones de la vida terrena, sin sentir el peso de la carne. El médium, a su vez, experimenta la liviandad del espíritu, sin perder la conciencia de su naturaleza carnal, y habla al influjo del espíritu, como un intérprete que no se toma el trabajo de la traducción.

El acto mediúmnico natural es ese momento de síntesis afectiva en que los dos planos de la vida revelan el secreto de la muerte: solo desvestirse de la pesada escafandra de la materia densa.

El acto mediúmnico normal es una segunda resurrección, que se verifica precisamente en el cuerpo espiritual que, según el Apóstol Pablo, es el cuerpo de la resurrección. El espíritu vuelve a la carne, no en el mismo que dejó en la tumba, sino en el del médium que le ofrece, en un gesto de amor, la oportunidad del retorno a los corazones que dejó en el mundo. La belleza del reencuentro de un hijo con la madre, que estrecha al médium en los brazos ansiosos y lo besa con toda la efusión del recuerdo materno, compensa mucho la impiedad de los que lo acusan de practicar brujería. En los casos de materialización, nada más bello que Lombroso con su madre materializada a través de la mediúmnidad de Eusapia Paladino, en la sesión a que fuera llevado por el profesor Chiaia, de Milán. Eusapia era una campesina analfabeta y mil veces calumniada. Lombroso, el fundador de la Antropología Criminal, se retractó en la Revista Luz y Sombra de sus violentos artículos contra el Espiritismo, y se declaró conmovido: “Ningún gigante del pensamiento y de la fuerza me podría hacer lo que hizo esta pequeña mujer analfabeta: arrancar a mi madre de la tumba y devolverla a mis brazos”. Frederico Figner, introductor del fonógrafo en el Brasil, llevó a su esposa desolada a Belén de Pará, con la esperanza de un reencuentro con la pequeña Raquel, su hija, que la habían perdido, lo cual casi los llevó a la locura, a él y a su esposa. Buscaron a la médium Ana Prado, también mujer del campo, y en una sesión con ella la pequeña apareció materializada, estimulando a los padres a enfrentar el caso con serenidad, pues allí estaba viva, y hablaba y los besaba y se sentaba en su regazo, probando que no había muerto. Figner, al volver a Rio de Janeiro, se dedicó de allí en adelante al Espiritismo, con la llama de la fe encendida en su corazón y en el corazón de la esposa, pero ahora una fe inquebrantable, asentada en la razón y en los hechos.

Cuando el acto mediúmnico es así perfecto y claro, iluminado por una mediúmnidad esclarecida y consagrada al bien, no hay gigante – como en el caso de Lombroso – que no se incline reverente ante el misterio de la vida inmortal. El médium se vuelve el instrumento de la resurrección imposible, probando a los hombres que la muerte no es más que un lapso en el intermundo que separa los vivos en la carne de los vivos en el espíritu. Se comprende entonces el fenómeno de la Resurrección de Jesús, que no fue el acto divino de un Dios, sino el acto mediúmnico de un espíritu que dominaba, por el saber y la pureza, los misterios de la inmortalidad.

Cuando el acto mediúmnico no tiene la pureza y la belleza de una comunicación amorosa, tiene el calor de la solidaridad humana y es iluminada por la caridad cristiana. En una sesión común de ayuda espiritual, los médiums sentados alrededor de la mesa, los adoctrinadores dispuestos, los espíritus sufrientes, malos y vengativos, bajo el control de los orientadores espirituales, son aproximados a los médiums que desean ayudarlos. Es un cuadro bien diferente del que presentamos más arriba. No hay belleza ni serenidad en los espíritus que se comunican, ni resplandor ni transparencia en sus caras. Hay desespero, dolor, expresiones de rebeldía o ímpetus de venganza. Los médiums se sienten inquietos y no es raro que temerosos. La aproximación de los comunicantes es incomoda y desagradable. Las vibraciones periespirituales son ásperas y sombrías. El vidente se aturde con aquellas figuras pesadas y oscuras que trastornan la fisonomía de los médiums. Pero, en la proporción en que los adoctrinadores encarnados dan ayuda con sus vibraciones y con sus argumentos fraternos a los necesitados, el cuadro se modifica con las luces vacilantes que se encienden en las mentes perturbadas. Los guías espirituales se manifiestan en ayuda de los adoctrinadores y sus vibraciones calman la inquietud del ambiente. El trabajo es penoso. Criaturas recalcitrantes en el mal se rehúsan a comprender la realidad negativa en que se encuentran. Espíritus vencidos por los dolores de encarnaciones penosas se muestran rebeldes. Los que traen el corazón afligido por injusticias y traiciones exigen venganza y hacen amenazas terribles. Pero la palabra fraterna, cargada de bondad y amor, iluminada por las citas evangélicas, va poco a poco disminuyendo las explosiones de odio. A veces la autoridad del dirigente o de un espíritu elevado se hace sentir, para que los más rebeldes comprendan que están bajo un poder persuasivo, pero enérgico. Una persona que desconozca el problema dirá que se encuentra en una sala de un hospicio sin control o asiste a un psicodrama de histéricos en desesperación. Psicólogos sistemáticos se reirán con desdén. El director de los trabajos parece un lego brincando con explosivos peligrosos. Fanáticos de sectas dogmáticas juzgan asistir a una escena de posesión diabólica. Pero la sesión llega a su fin con la tranquilidad total del ambiente. Un espíritu amigo se comunica con palabras de agradecimiento. En silencio, todos oyen la oración final de gratitud a los espíritus bondadosos que ayudaron a socorrer las sombras sufrientes. Es extraño que todos estén bien y satisfechos con el resultado de los trabajos. Las personas beneficiadas comentan su mejoría. El ambiente es de paz, amor y satisfacción por el deber cumplido.
En una sesión de desobsesión para casos graves, con pocos elementos, sin la asistencia numerosa de ayuda general, las comunicaciones son violentas y los médiums sufren, gimen, gritan y lloran. El director y los adoctrinadores permanecen tranquilos, aparentemente impasibles, y los adoctrinadores usan palabras persuasivas, de actitudes benignas. Nada de amenazas y censuras violentas, como en las prácticas antiquísimas del exorcismo arcaico, que vienen de las profundidades de Egipto, de Mesopotamia y de Palestina. Nada de velas encendidas, de símbolos sacramentales, de expulsión de entidades diabólicas. La técnica es de persuasión, de esclarecimiento racional. Una pequeña de quince años llega cargada por los padres. Desde hace una semana duerme en estado cataléptico. A las primeras tentativas de despertarla, se agita y se levanta furiosa, dando gritos. Cuatro o cinco hombres no consiguen contenerla, parece dotada de una fuerza indomable. Pero poco a poco se calma, llora bajito y vuelve a su estado natural de niña graciosa y frágil. Se retira de la reunión como si nada hubiese acontecido. Se despide alegre, corre hacia la calle y toma el automóvil que la trajo como si volviese de un paseo. El acto mediúmnico fue violento, aterrador. Pero el resultado de la oración, de los pases, de las adoctrinaciones amorosas fue sorprendente. Pocos percibieron que, en aquel pequeño cuerpo de niña, las garras de la venganza estaban clavadas, intentando rasgar la cortina piadosa que cubre los odios del pasado.

En el acto mediúmnico la criatura humana recupera los tiempos olvidados y se observa en la tela de las experiencias muertas. Y una vez más la muerte le aparece como pura ilusión sensorial, pues todo cuanto había desaparecido en una sepultura, renace de repente en las aguas amargas de la probación. La mediúmnidad funciona como un radar sensibilísimo volcado hacia los caminos perdidos. No siempre la tela de la memoria consigue reproducir las imágenes distantes, pero en las profundidades del inconsciente sentimientos antifreudianos esperan la catarsis piadosa de la comunicación absurda, en que los diálogos de la caridad parecen brotar de terribles malentendidos. Una mujer no entendía porque el espíritu comunicante la llamaba Condesa y la acusaba de atrocidades que jamás había practicado. Encontró que todo eso no pasaba de ser una farsa o de un momento de locura. Pero cuando, aconsejada por el adoctrinador, pidió perdón al espíritu cruel y lloró sin querer y sin saber por qué motivo lo hacía, sintió un profundo alivio y en los siguientes días sus males desaparecieron. Las lágrimas de una criatura que la amnesia volvió inocente pueden conmover a un corazón embrutecido con el deseo de venganza. Pero ¿quién hará el encuentro necesario para el ajuste de los viejos errores y crímenes, si el médium no se ofrece en la inmolación voluntaria de sí mismo para apaciguar con la palabra del Maestro?

La responsabilidad espiritual del médium se refleja en el espejo de cada uno de sus actos de caridad mediúmnica. El mediunato no es una consagración ritual inventada por los hombres. Nace de las leyes naturales que rige las conciencias en el fluir del tiempo, en el paso de las generaciones y las reencarnaciones. Un acto mediúmnico es el cumplimiento de un deber asumido delante del tribunal de Dios instalado en la conciencia de cada uno. Cuando el médium su esquiva cumplimiento se engaña a sí mismo, pensando en engañar a Dios. Su propia conciencia se encargará de condenarlo cuando suene la hora del veredicto irrecurrible. Nada justifica la fuga a un compromiso forjado a costa del sacrificio ajeno. Las leyes morales de la conciencia tienen la misma inflexibilidad de las leyes materiales de la Nuestra conciencia de relación capta solo la realidad inmediata en la que nos encontramos. Pero la conciencia profunda guarda el registro indeleble de todos los compromisos asumidos en el pasado y de todas las deudas morales que pensamos olvidar en las aguas de Letes, el rio del olvido de las antiguas mitologías. El rio Letes se secó en las laderas áridas del Olimpo, el cenáculo vacío de los antiguos dioses. Hoy solo tenemos un Dios, que no necesita vigilarnos desde lo alto de un monte ni dictarnos sus leyes para ser inscritas en tablas de piedra. Esas leyes están grabadas con fuego en nuestra propia carne. Nuestros actos determinan en el tiempo las situaciones en que nos encontraremos en cada existencia. Y el mediunato es el pasaporte que Dios nos concede para la liberación del pasado a través de un solo acto, el más bello y el más hermoso de todos, como es el acto mediúmnico.


La responsabilidad mediúmnica no nos fue impuesta como castigo. Nosotros mismos la asumimos con la esperanza de la redención, que no vendrá del Cielo, sino de la Tierra, de la manera cómo hacemos nuestras travesías existenciales por el planeta, en un mar de lágrimas o por caminos floridos a través de las obras de sacrificio y abnegación que podamos sembrar. Tenemos el futuro en nuestras manos, el futuro inmediato del día a día y el futuro remoto que nos espera en las traslaciones de la Tierra en torno del Sol. Llegamos así a la conclusión inevitable de que el presente pasa de prisa, pero el pasado repunta en cada esquina del presente y del futuro. 

El mediúmnismo

Las formas primitivas de mediúmnidad provienen de las selvas y de las regiones heladas o áridas en que la vida humana permanece en condiciones rudimentarias. El hombre es un ser mediúmnico y todo su desarrollo siguió las líneas de la evolución de su potencialidad mediúmnica. La idea de la divinidad, de un poder superior que creó al mundo es innata en el hombre, como lo demuestran las investigaciones antropológicas. De esa idea básica en sintonía con un mundo en asombro, misterioso y lleno de seres extraños, nació la magia. El sentimiento mágico del mundo estableció las relaciones entre los hombres, las cosas y los otros seres. La idea del poder de las cosas y de los seres brotó naturalmente de las experiencias en la lucha por la sobrevivencia. La ley de adoración, estudiada en El Libro de los Espíritus, llevó a la imaginación primitiva a los ritos del culto solar y lunar, de las montañas coronadas de nubes, de los grandes ríos misteriosos y así en adelante. La reverencia a los jefes poderosos desarrolló los ritos de sumisión, que se extenderían a los pagés y xánas, sacerdotes mágicos de las tribus y hordas, dotados de poderes mediúmnicos. Los procesos mágicos se desarrollaron a través de las manifestaciones mediúmnicas. Se abría el camino para el desarrollo de las religiones mitológicas y de las religiones reveladas, apoyadas estas en la creencia de los hombres-dioses, conocedores de los misterios de la vida y de la muerte. La evolución espiritual del hombre abría la fase de las grandes religiones en las regiones en que la civilización avanzaba.  Los dones mediúmnicos reafirmaban la creencia en los poderes divinos, a través de los fenómenos producidos por individuos que los poseían.

La expresión mediunismo, creada por Emmanuel, designa a las formas primitivas de la mediúmnidad que fundamentan sus creencias en las religiones primitivas. Todas las formas de religiones primitivas, sin desarrollo cultural e intelectual, se caracterizan por prácticas mágicas ligadas al mediunismo. Las religiones africanas, traídas al Brasil y otros países americanos por el tráfico negrero y mezclado con las religiones indígenas y primitivas de esos países, desarrollaron durante mucho tiempo en el Continente diversas formas de mediunismo. El  proceso natural de sincretismo religioso, ya iniciado en la misma África con la mezcla de las religiones tribales con el Islamismo y el Catolicismo, dieron a esas formas un impulso en dirección a la institucionalización religiosa.

La diferencia entre Mediunismo y Mediúmnidad está en el problema de concientización  del problema mediúmnico. En las religiones primitivas no había ni podía haber reflexión sobre los fenómenos, su sentido y naturaleza. Todo se resumía a la aceptación de los hechos y en su utilización con fines prácticos y objetivos. La Mediúmnidad es el Mediunismo desenvuelto, racionalizado y sometido a la reflexión religiosa y filosófica y  a las investigaciones científicas necesarias para el esclarecimiento de los fenómenos, su naturaleza y sus leyes. Mientras el Mediunismo absorbe la herencia mágica del pasado y se mezcla con las religiones, creencias y supersticiones de toda especie, la Mediúmnidad rechaza infiltraciones que puedan perjudicar su naturaleza racional y comprometer su desenvolvimiento natural. Integrada en la estructura del Espiritismo, que la estudia e investiga a través de sus instituciones culturales y científicas, ella se convierte cada vez más en un área específica de la Teoría del Conocimiento, que tendrá forzosamente que reconocer sus derechos en la cultura general del próximo siglo.

Es  curioso el hecho que todas las religiones y corrientes del pensamiento espiritualista hayan rechazado y condenado la Mediúmnidad, que sólo el Espiritismo reconoce en su pleno valor y en su importancia fundamental para la vida humana en la Tierra y su desarrollo futuro en el mundo espiritual. Señalada en las religiones como de naturaleza diabólica, en las doctrinas espiritualistas refinadas como un campo inferior y peligroso de manifestaciones sospechosas y peligrosas, acusada de responsable de la locura del mundo, fue marginada por los medios culturales y es constantemente atacada por los dueños de la verdad y de la sabiduría, como lo fueron Cristo y el Cristianismo. No obstante, crece sin cesar el interés por la mediúmnidad en el mundo, pues el mismo desarrollo científico acabó desembocando en el delta de la fenomenología paranormal, obligado a enfrentar y reconocer la realidad de los factores mediúmnicos en todos los campos del saber. Poco importan los preconceptos, las idiosincrasias, las incomprensiones de los hombres, pues la realidad no pide licencia a nadie para ser lo que es.

Al lado del resguardo y defensa de la Mediúmnidad, los espíritas naturalmente se interesan por el estudio y la investigación de los problemas del Mediunismo, que es, por así decirlo, el suelo agreste y rico de cuyas excavaciones milenarias fueran extraídos los minerales preciosos de la Mediúmnidad. En las diferentes formas del Sincretismo Religioso Afro-Brasilero la mediúmnidad eclosiona muchas veces, como porciones de vegetales promisorios rompiendo el suelo áspero de los terrenos. Al no encontrar ambiente favorable en el medio sincrético, esas mediúnidades sorprendentes van a instalarse al ambiente espírita y allí florecer y fructificar. No podemos condenar el Mediunismo pues eso sería condenar la fuente que nos abastece de agua. Hay ricos filones de fenómenos en el suelo fecundo del Mediunismo a la espera de los investigadores espíritas.

Lo que condenamos y tenemos que condenar es el abuso de las prácticas mediúmnicas en los terreiros[1], no sólo por criaturas desprovistas de algún nivel de instrucción y cultura, sino también por personas culturalmente maduras para comprender el error que cometen, contribuyendo a la expansión, en plena civilización de la Era Cósmica, de las más groseras supersticiones del remoto pasado humano. Ese abuso es tanto más grave cuando es practicado conscientemente por personas que están interesadas en la solución de problemas financieros, políticos y de orden moral y social. Esos objetivos y los medios usados para conseguirlos eran perfectamente justificables en la selva, donde la mentalidad primitiva, apegada solo a lo concreto, sin dimensiones intelectuales, no podía alcanzar objetivos superiores. Pero el hombre civilizado que se entrega a esas prácticas groseras, ligadas a entidades inferiores, obra como un ser inconsciente o inmaduro, que no tiene noción de su responsabilidad en relación al medio en que vive. Cada fracción de conocimiento adquirido aumenta la responsabilidad moral del hombre en la sociedad. Esa responsabilidad no es solo personal y familiar, sino también social. Quien busca prácticas salvajes para conseguir beneficios en el medio civilizado, ligándose a estadios ya superados en la evolución humana, se traiciona a sí mismo y al medio en que se encuentra. Además de  eso, se compromete con fuerzas negativas del plano espiritual inferior, que cobran siempre muy caro los servicios prestados, mal o bien, con resultados o no, a los incautos clientes.

El Mediunismo se divide en varias ramas, que corresponden a las naciones africanas de la cual proceden. Además, hay grados evolutivos en sus prácticas mediúmnicas. En los terreiros de la Umbanda las prácticas son más elevadas, volcadas hacia el bien. En la Quimbanda la sangre de los animales y la quema de pólvora revelan la brutalidad de los ritos salvajes, que eran prácticas de defensa para las tribus y en el medio civilizado se convirtieron en prácticas maléficas, dirigidas contra desafectos y rivales. También existen los terreiros de líneas cruzadas, generalmente llamados de Aruanda, donde se práctica tanto el bien para los amigos como el mal para los enemigos. Las danzas rituales del Candomblé africano encuentran su réplica nativa en las danzas indígenas de la Poracé. En muchos terreiros de la Umbanda se infiltran también las prácticas maléficas. Los poderes mediúmnicos son desarrollados bajo la magia de los rituales salvajes. Acostumbran a decir, los frecuentadores del sincretismo, que las prácticas del terreiro son más fuertes y poderosas que las de la mesa blanca, designación puramente popular de las sesiones espíritas, originada de la superstición que exige, particularmente en los medios rurales, el uso del mantel blanco en la mesa de sesiones, porque el color blanco atrae a los espíritus puros. La superstición de la fuerza, del poder proveniente de prácticas violentas, revela la inversión de los valores espirituales, inversión proveniente de la selva, donde la fuerza bruta es la ley. La Macumba con sus despachos[2], es una práctica proveniente de la más remota antigüedad. La Macumba es un instrumento de viento, generalmente de bambú, que se toca para llamar a los espíritus del campo, y el despacho, al contrario de lo que generalmente se piensa, no es la ofrenda de comidas y bebidas que se coloca en los cruces y en las esquinas de las calles (adaptación urbana del rito salvaje), sino el envío de espíritus inferiores para atacar a las personas aludidas. La ofrenda es el pago que asegura la eficacia del ataque. Los espíritus agresivos, aunque no puedan comer los manjares y tomar las bebidas, aspiran sus emanaciones, como lo hacían los dioses mitológicos y como lo hacía el mismo Yahvé de la Biblia, el dios judaico, como se lee en los relatos bíblicos. En la descripción del Diluvio, en el Génesis bíblico, vemos que Noé hizo un altar en el Monte Ararat para dar gracias a Yahvé por la salvación de su familia. En el altar fueron colocados alimentos de carne humeantes y Yahvé compareció para aspirar las emanaciones de los alimentos. Es increíble que las Iglesias Cristianas hasta hoy acepten que ese Yahvé glotón era el mismo Dios Supremo y Único que Jesús pregonó contra el politeísmo de la época.



[1] En el Brasil, cada uno de los locales donde se celebra el culto fetichista afro-brasileiro; macumbas, candomblés, etc.

[2] Actividades dedicadas a obtener favores para unos y perjudicar a terceros.

UNA CURACIÓN ESPIRITISTA

  Artículo tomado de la Revista de Estudios Psicológicos - Enero de 1894 Nuestra querida hermana, la distinguida publicista D. a Eugenia ...