martes, 7 de julio de 2026

MUERTES SÚBITAS

 

Las muertes súbitas representan un duro golpe para familiares y amigos del fallecido. Pero sirven también de advertencia. Si bien es verdad que debemos vivir la vida con alegría y buena disposición, aún bajo los golpes de pruebas y dificultades, no por eso debemos olvidarnos de que no somos del mundo. Sí, la verdad final es que no pertenecemos al mundo terreno, material. Pasamos rápidamente por aquí y seguimos nuestro camino espiritual. La muerte, según decía el filósofo alemán Martin Heidegger, es el momento en que el ser se completa. En el Espiritismo no es el ser, sino la existencia que se completa con la muerte.

Cada vida en la Tierra, cada existencia del hombre en la Tierra es un proceso que se inicia en la cuna y termina en la sepultura. Muy bien lo dicen las Filosofías de la Existencia: el hombre es un proyecto. Unos alcanzan rápido el blanco a través de la muerte súbita, otros lo alcanzan más lentamente, pero todos tendrán que alcanzarlo, hoy o mañana. Es inútil pues, asustarnos o aturdirnos con el fenómeno de la muerte, que no es más que un fenómeno biológico. Todo lo que vive muere. Todo, no solo el hombre.

Algunos creen que la muerte súbita es peligrosa. Kardec murió así, en pleno trabajo. Cuando la criatura vivió bien, la muerte súbita es buena, es una liberación inmediata del espíritu. Cuando la criatura no supo vivir, la muerte es siempre difícil, representa una crisis en la vida del espíritu. Y en este caso, vivir bien es cumplir los deberes que le corresponden al hombre en la Tierra, no apegarse a las cosas materiales, como enseña el Evangelio. Vivir bien, decía el místico hindú Ramakrishna, es vivir como la ama de leche en la casa del patrono. Vivir sabiendo que la casa y las personas no nos pertenecen.

Sólo el Espiritismo, hasta hoy, entre todas las doctrinas filosóficas, religiosas y científicas, investigó objetivamente el fenómeno de la muerte y puede esclarecerlo. Muchas personas no creen en eso. Creen que los espíritas son unos lunáticos, lo que hasta ahora no es malo, pues la luna también está dispuesta a ser conquistada. Esas personas no conocen la doctrina y no saben que ella se basa en las más rigurosas investigaciones científicas. Los que quieran saber que es la muerte, como se procesa y lo que representa para el hombre, no tienen otro camino que estudiar el Espiritismo. Y eso no cuesta mucho, pues el Espiritismo ni siquiera exige que los que lo estudian se hagan espíritas.

 pues el Espiritismo ni siquiera exige que los que lo estudian se hagan espíritas.

 

martes, 8 de septiembre de 2020

UNA CURACIÓN ESPIRITISTA

 


Artículo tomado de la Revista de Estudios Psicológicos - Enero de 1894

Nuestra querida hermana, la distinguida publicista D.a Eugenia Estopa, nos ha remitido un relato, escrito por el joven Miguel Bianchi, de Algeciras, referente a un caso de obsesión en la persona de la señorita Isabel Sermeño, de la citada localidad, felizmente curado por el procedimiento espiritista.

Vamos a extractarlo ya que la abundancia de original nos impide insertar íntegro dicho relato.

El día 2 de abril último encontrábase la señorita Sermeño en su gabinete de tocador, cuando sin explicarse la manera de cómo pudo llegar a dicha estancia, halló en el sitio destinado a guardar los peines un objeto extraño, aparentando la forma de un martillo hecho de anea verde. Instantáneamente fue presa de desvanecimiento y atacada de dolor en las clavículas y articulaciones, en términos que no podía hacer el más mínimo movimiento, sim embargo de sentir continua excitación.

Imposible ocultar el caso a sus padres, y tal vez creyéndolo éstos arte de brujería, fueron a consultar con una mujer, dedicada según fama a la química cafre (?), la cual principió por reducir a cenizas el objeto misteriosamente encontrado, manifestando luego que se trataba de un maleficio pero que gracias a su intervención la cosa no tendría consecuencias funestas.

Durante la noche siguiente acentuáronse los dolores, sintiendo el sujeto irresistible hormigueo en todo su ser y como si un fuego abrasador devorase sus entrañas. Antes de clarear el día llamóse a un facultativo que recetó sin haber conseguido alivio de la enferma, quedando ésta en el lecho presa de atroces sufrimientos que le hacían presagiar próxima muerte.

En esta situación pasó algún tiempo, y una noche, en que se hallaba sola creyó oír voces que le decían algo, y si bien nada vio que la indicase la presencia de alguien a su alrededor, entendió perfectamente las siguientes palabras expresadas por una voz suave y deliciosa: Toma paciencia y ten fe en Dios. Casi al mismo tiempo, otra voz le dijo bruscamente; ¡No creas en Dios!

Noticioso del caso el joven espiritista Sr. Bianchi, pasó al domicilio de la enferma, y enterado de todos los pormenores, comprendió que se trataba de una obsesión, concibiendo en seguida la idea de intentar su curación por el procedimiento espiritista. Al efecto, y con intervención de la médium mecánica señorita García, obtuviéronse comunicaciones en las cuales se describía la enfermedad, indicándose a la vez los medios conducentes a su alivio y curación. Además pusiéronse de acuerdo con la señorita Estopa, cuyo conocimiento y práctica de la doctrina espiritista eran una garantía de acierto en la aplicación del tratamiento que debía seguirse, y con sólo cinco sesiones, sin medicinas de ninguna especie, operando sobre la enferma únicamente el fluido magnético de la médium, auxiliada por los espíritus desencarnados que asimismo se interesaban porque la curación se realizara, consiguióse el restablecimiento completo de la señorita Isabel Sermeño, llenando de alegría a sus parientes y de gozo a nuestros correligionarios por haber llevado a la práctica una verdadera obra de caridad.

Este es el extracto que nos complacemos en publicar, correspondiendo a los deseos de nuestra distinguida hermana señorita doña Eugenia N. Estopa, y porque tiende a la divulgación de una de las más consoladoras fases del Espiritismo.


miércoles, 26 de agosto de 2020

RESIGNACIÓN ESPÍRITA



Una de las acusaciones que se hacen al Espiritismo es la de llevar el hombre al conformismo. “Los espíritas se conforman con todo, - nos escriben - y de esa manera acabarán impidiendo el progreso, creando entre nosotros un clima de marasmo, favorable a la tiranía política del Oriente. La idea de la reencarnación es el caldo de cultura del despotismo, pues las masas creyentes se entregan a cualquier yugo”.

Muchos confunden la resignación espírita con el conformismo religioso. Pero, contradictoriamente, acusan el Espiritismo y no acusan a las religiones. Por otro lado, quitan conclusiones teóricas de hechos que pueden ser observados en la práctica. La idea de la reencarnación no es nueva, no nació con el Espiritismo, y no necesitamos teorizar al respeto, pues tenemos toda la historia de la humanidad ante nuestros ojos, para mostrarnos prácticamente sus efectos.

Vamos, sin embargo, en orden. Y tratemos, primero, de la resignación y del conformismo. La resignación espírita transcurre, no de una sumisión místico-religiosa a las fuerzas incontrolables, sino de una comprensión del problema de la vida. Cuando el espírita se resigna, no está sometiéndose por el miedo, sino sólo aceptando una realidad a la cual tendrá que sujetarse, exactamente para superarla, para vencerla. No es, pues, el conformismo que se manifiesta en esa resignación, sino la inteligente comprensión de que la vida es un proceso en desarrollo, dentro del cual el hombre tiene que equilibrarse.

¿Acaso no es así como hacemos todos, espíritas y no-espíritas, en nuestra vida diaria? ¿El lector inconforme no es también obligado, diariamente, a aceptar una porción de cosas de las que le gustaría huir? Pero la diferencia entre resignación o aceptación, de un lado, y conformismo, de otro, es que la primera actitud es activa y consciente, mientras la segunda es pasiva e inconsciente. El Espiritismo nos enseña a aceptar la realidad para vencerla.

“Si la enfermedad lo acosa, - dicen - el espírita entiende que está siendo víctima del fatalismo cármico, del destino irrevocable. Si la muerte le roba un ser querido, él cree que no debe llorar, sino agradecer a Dios. Si el patrón lo castiga, él se somete; si el amigo lo traiciona, él perdona; si el enemigo le golpea en la mejilla izquierda, él le ofrece la derecha. El Espiritismo es la doctrina de la despersonalización humana”.

Pero acontece que esa despersonalización no es enseñada por el Espiritismo, y sí por el cristianismo. Cuando el Espiritismo enseña la conformidad delante de la enfermedad y de la muerte, el perdón de las ofensas y de las traiciones, nada más está haciendo que repetir las lecciones evangélicas. Ahora, como el lector acusa el Espiritismo en nombre del cristianismo, es evidente que está en contradicción. Además de eso, conviene esclarecer que no se trata de despersonalización, sino de sublimación de la personalidad. Lo que el cristianismo y el Espiritismo quieren es que el hombre egoísta, brutal, carnal, agresivo, animalezco, sea sustituido por el hombre espiritual. La “personalidad” animal debe dar lugar a la verdadera personalidad humana.

En cuanto al caso de las enfermedades, sería oportuno acordar al lector las curas espíritas. ¿No llega eso para demostrar que no hay fatalismo cármico? Lo que hay es la comprensión de que la enfermedad tiene su papel en la vida humana. Pero cabe al hombre, en ese terreno, como en todos los demás, luchar para vencerla. El Espiritismo, lejos de ser una doctrina conformista, es una doctrina de lucha. El espírita lucha incesantemente, día y noche, para superar el mundo y superarse a sí mismo. Conociendo, sin embargo, el proceso de la vida y sus exigencias, no se tira ciegamente a la lucha, sino buscando realizarla con inteligencia, en un constante equilibrio entre sus fuerzas y el poder de los obstáculos.

LA LEY SE HIZO NUESTRO PEDAGOGO PARA CONDUCIRNOS HASTA CRISTO



“Una frase de Pablo a los Gálatas define la evolución religiosa del hombre - De las religiones primitivas a la “ley” de los judíos y al cristianismo.

El estudio de las religiones sólo puede ser realizado de manera fecunda a la luz de los principios espíritas. Si encaráramos el fenómeno religioso desde el punto de vista de cualquiera de las religiones hoy dominantes en el mundo, seremos forzados a una actitud parcial, que no nos dejará llegar a una conclusión objetiva. Si lo encaráramos desde el punto de vista de cualquiera de las escuelas filosóficas en boga, o de las antiguas, o si lo tratamos a la luz de la sociología y de la etnología, o aún de la antropología cultural, llegaremos a conclusiones destituidas de sentido espiritual. La religión será vista sólo en su aspecto formal, objetivo.

Las escuelas ocultistas, esotéricas y teosóficas, penetran más hondo en el asunto. No obstante, presentan concepciones no siempre admisibles a la luz de la razón. Los estudios de religiones comparadas son prácticamente formales, y las filosofías espiritualistas, aún la de Bergson, que lanza mayor cantidad de luz sobre el asunto, paran en el momento exacto en que más debían avanzar. El Espiritismo, combinando la razón y la intuición, la observación objetiva y la subjetiva, los métodos de investigación y observación de la ciencia y los métodos propios de la indagación espírita, comprende en su concepción todo el panorama del fenómeno religioso.

Precisamente en virtud de esa capacidad de amplitud de la visión espírita, muchos estudiosos de la doctrina rechazan el admitirla como una manifestación cristiana. Habituados a encarar el cristianismo como una simple forma de religión, piensan que el calificativo de cristiano establece límites a la interpretación espírita del fenómeno religioso. No obstante, los que han profundizado el asunto son unánimes, a partir de Kardec y Denis, en reconocer que la condición cristiana es indispensable al Espiritismo, para que él realmente sea la doctrina amplia que es. El cristianismo, analizado “en espíritu y verdad”, no es una forma estrecha de creencia, sino una forma amplia de comprensión.

En su apreciación del fenómeno religioso, el Espiritismo comienza, desde Kardec, por admitir que el desarrollo religioso del hombre alcanzó, con el cristianismo, uno de sus momentos decisivos. Cristo no fue sólo un marco entre dos mundos, sino también y sobretodo la expresión más alta de la evolución espiritual del hombre y el orientador de su desarrollo futuro. Poco importa que, en el proceso histórico, el cristianismo haya sido sometido a imposiciones temporales, y aparentemente perdido su fuerza transformadora. La propia historia nos muestra que él nunca pudo ser completamente sometido, y que, en el momento previsto por el propio Cristo, consiguió romper todas las amarras de la tradición y mostrarse nuevamente en su verdadera naturaleza. A semejanza del propio Cristo, el cristianismo resucitó, tras haber descendido al sepulcro y a las regiones inferiores.

El Espiritismo nos muestra la evolución religiosa del hombre como un lento proceso, que viene del animismo y fetichismo primitivo hasta las formas complejas de religiones de la antigüedad, con su multiplicidad de dioses y de fórmulas, sus jerarquías sacerdotales y sus sistemas aparatosos de cultos.

Después, en un estado más adelantado, aparece la religión monoteísta de los judíos, aunque aún apegada las fórmulas paganas, inclusive en el tocante a los rituales sangrientos del sacrificio. Por fin, surge el cristianismo, con su espíritu de libertad, que el apóstol Pablo exalta en sus epístolas. El cristianismo es la espiritualización de la religión. La libera del culto formalista, de la exterioridad, de la organización social. La libera de la “ley”, como enseña Pablo, advirtiendo a los Gálatas (23:24) que la única función de la ley fue la del pedagogo, para conducirnos a la libertad en Cristo.

Como vemos, el cristianismo surge en el curso de la evolución religiosa como un momento de emancipación espiritual del hombre. Después, se sumerge también en el océano de fórmulas sacramentales y sistemas dogmáticos a que la mente humana se hubo habituado a través de los tiempos. Pero, en medio de todas las exterioridades, conserva su fuerza interior, hasta el momento anunciado por Cristo, según el Evangelio de Juan, en que tendría que ser restablecido. El Espiritismo aparece, entonces, como el verdadero Renacimiento Cristiano, en la expresión feliz de Emmanuel. Su misión es completar la obra de Cristo, liberando la religión de los compromisos exteriores e instaurando en la Tierra aquel reinado del espíritu que Jesús habló a la mujer samaritana.

ENTRE EL NEGATIVISMO Y LA SUPERSTICIÓN: EL EQUILIBRIO ESPIRITUAL DEL HOMBRE



Fragilidad de las posiciones extremas del espíritu — Fijación de la mente en el torbellino del mundo material o de las convenciones religiosas — La lucha espírita por el esclarecimiento espiritual del hombre.

La vida pierde su sentido, su significación, su razón de ser, cuando el hombre se aleja de la comprensión espiritual, buscando en el mundo material la única explicación de las cosas. El llamado hombre práctico de nuestros días, enteramente inmerso en los problemas inmediatos, funciona como una máquina. Está muy próximo a la concepción cartesiana de los animales: cuerpos en actividad mecánica, sin alma. Si en medio de ese funcionamiento inconsciente a que se entrega, alguna desgracia le ocurre, los horizontes se cerrarán a su alrededor. Ninguna perspectiva le restará. Es por eso que, en general, el hombre práctico, alcanzado por un golpe arrasador, recurre al suicidio.

Pero, si el materialismo de la vida práctica es peligroso, también lo es el materialismo teórico, intelectual, equivalente a una ceguera mental, que no permite al hombre divisar los contornos de la realidad. El materialista intelectual, que se apoya en una doctrina filosófica negativa, se siente fuerte para enfrentar el mundo mientras no le faltan las fuerzas físicas y los recursos materiales de la existencia. Una idea, como bien acentúa Annie Besant en su “Autobiografía”, lo sostiene en las duras luchas de la vida: la idea de la dignidad intrínseca del ser humano, que debe mantenerse digno por la propia dignidad, sin esperar cualquiera recompensa por eso. Pero, delante del desastre, del fracaso temporal, de una mutilación moral o física, esa idea será fácilmente eclipsada por otra: la nada.

Por otro lado, en el reverso de la medalla, la superstición del religiosismo común no es menos peligrosa que el materialismo. El hombre que cree sin indagar, sin comprender ni querer comprender, apegado a las creencias que le impusieron a través de la tradición, está sujeto a las mismas dolorosas sorpresas de aquel que no cree. La fe por la fe es tan insegura cuánto la dignidad por la dignidad, a que arriba aludimos. Tanto para una, como para otra, la mente humana exige una base racional. Fe ciega y dignidad ciega son frágiles como piezas de vidrio. Ambas pueden quebrarse con la mayor facilidad, ante los golpes de la vida. Porque en una cómo en otra el hombre está prendido a un punto de vista estrecho, sin la visión global del proceso de la vida, que le daría comprensión y coraje para enfrentar la lucha en cualquier circunstancia.

Ateísmo y superstición son los dos extremos peligrosos de la condición humana. Y tanto así, que ambos resbalan hacia las soluciones extremas, con la mayor facilidad, no solamente en el plano individual, sino también en el colectivo. Los crímenes del fanatismo religioso y del fanatismo materialista mancillan la historia humana. Porque tanto a la incredulidad absoluta como la superstición beata le faltan las luces del verdadero esclarecimiento espiritual, de la verdadera conexión del hombre con el sentido de la vida. El materialismo actúa como un imán, fijando la mente en el torbellino de la materia. La superstición fanática hace la misma cosa con los convencionalismos religiosos, en cuyo remolino de ceremonias y dogmas prende a la mente subyugada. De ahí las terribles contradicciones que señalan la historia de la religión, con los dramas crueles del fanatismo.

Fue por eso que Kardec inscribió, en “El Evangelio según el Espiritismo”, esta leyenda de luz: “Fe inquebrantable sólo es la que puede encarar frente a frente a la razón, en todas las épocas de la Humanidad”. Por eso es que el Espiritismo insiste en la necesidad del esclarecimiento permanente de la razón para los problemas de la fe. Combatiendo el materialismo, con las propias armas de este, a través de la observación y de la experimentación científica, el Espiritismo combate, por otro lado, el religiosismo ciego, la aceptación fanática de los principios religiosos. No combate ninguna religión, pero combate el fanatismo religioso. Y en ese combate no usa jamás las armas de la impiedad, porque sus armas son el esclarecimiento a través de la investigación, del estudio y de la exposición de la verdad. Ayudar al hombre a equilibrarse en la posición justa del espiritualismo esclarecido, para que el mundo sea mejor y más bello, es la misión del Espiritismo en este periodo difícil de la evolución terrena.

¿VAMOS A DEJAR A LOS ESPÍRITUS EN PAZ?



El joven había llegado de un viaje por URSS, Bulgaria, el Congo, Calcuta y Paris. Hiciera una escala en Cuba para ver con sus ojos el caso del racionamiento del azúcar. Lamentaba no haber podido asistir al lanzamiento del Apolo-8, pero espera estar presente en el del Apolo-9, que al final será más importante. A cierta altura no se contuvo y me preguntó, con un brillo irónico en los ojos: “Después de todo lo que vi, le pregunto a usted, ¿qué vamos a hacer con los espíritus? No hay lugar para ellos. El mundo es de los hombres de carne y hueso. Los muertos están enterrados”.

Los cuatro compañeros de la mesa soltaron una carcajada, acompañada de burlas. Uno de ellos repitió: “¿Qué es lo que vamos a hacer con los espíritus?” Reí también y respondí con otra pregunta: “¿Qué vamos a hacer con la muerte?” La carcajada general casi me atontó. El muchacho cosmopolita respondió: “Otra vez la muerte. ¡Problema solucionado: siete palmos de tierra o el horno crematorio!”

Les recordé entonces: “Los rusos ya se tornaron campeones en experiencias de telepatía; los americanos juzgan que la mente y el pensamiento no son físicos, materiales; los ingleses (teoría de los psícons de Whatelly Carrington, experiencias de Soal con voz directa; Harry Price y la sobrevivencia de la mente después de la muerte del cuerpo, etc.) encaran científicamente el problema de la sobrevivencia. Es más, los físicos de hoy, como afirma Rhine, ya no creen en el exclusivismo de la fuerza y la materia, y para tal fin la tratan como antimateria, antiátomo y hasta de antiuniverso”.

No era agua, si no gasolina en ebullición. Hicimos la gritería y no fue posible decir una sola palabra más. Pero una cosa quedó bien clara: todos aquellos jóvenes “modernos” (había dos “mayores”) no entendían nada de las cuestiones que proponían. Aún el joven cosmopolita, que tanto viajara y tanto viera, nada aprendiera de la verdadera situación cultural del momento. Jugaban con “slogans”, con ideas hechas, con mucho deseo de hacer bulla y principalmente de parecer diferentes. La orden era esa: dar contra los “arcaicos”. Y yo, con mis espíritus, era seguramente el representante de la clase renegada, de la generación obturada.

Cuando salimos de allí el muchacho cosmopolita me acompañó. A solas pudimos conversar mejor. E él abrió los ojos espantado cuando le dije: “Los espíritus son una de las fuerzas de la naturaleza. No son almas del otro mundo. No están en el cielo en contemplación eterna, ni en el infierno o por ahí, como ustedes dicen, endemoniando a los mortales. Los espíritus de los muertos son criaturas humanas, como usted y yo, simplemente transferidas, por la muerte, de un plano de la materia para otro. Nosotros los espíritas, no andamos perturbando a esa gente del más allá, como ustedes piensa. Esa gente está aquí mismo y el más allá aquí. Es gente que posee un cuerpo material, el periespíritu, que los antiguos llamaban cuerpo espiritual. Gente que se interesa por nosotros y que vive comunicándose con nosotros desde que el mundo es mundo”.

-      “Si eso es así aún puedo pensar en la cosa”, respondió pensativo. “Pero siempre me dijeron lo contrario. Que los espíritus son almas del otro mundo, fantasmas, supersticiones y nada más. Y que vosotros, los espíritas, viven enredados en esas ideas y dialogando con lo que no existe. “Anduvo unos pasos en silencio y remató: “Si usted puede probarme que eso es así, que yo puedo espiar a esa gente, soy capaz de cambiar de idea. Mire, si me arregla una sesión de materialización, pero de las buenas, ¿sabe? soy capaz de meterme en ese embrollo”.

HERCULANO Y LAS CRÓNICAS DEL HERMANO SAULO



José Herculano Pires mantuvo, durante muchos años, en el periódico “Diario de Sao Paulo”, órgano de los Diarios y Emisoras Asociados, una columna de crónicas espíritas, en la cual abordaba temas de interés general relacionados con la doctrina codificada por Allan Kardec. Las firmaba con el pseudónimo de Hermano Saulo.

Periodista, filósofo, escritor y profesor, Herculano Pires alcanzó gran concepto dentro y fuera del movimiento espírita. Su producción literaria sobrepasa los setenta títulos; algunos de ellos se constituyen en verdaderas obras filosóficas.

Viviendo y sintiendo el Espiritismo de forma profunda, Herculano dedicó la mayor parte de su existencia en favor de esta doctrina, ya sea buscando interpretarla con fidelidad, ya sea defendiéndola de los ataques de los adversarios.

Las crónicas publicadas en el “Diario de São Paulo” fueron leídas con mucho interés durante todo el tiempo de su existencia. Cuando, el 9 de marzo de 1979, la muerte lo alcanzó súbitamente, quedó en el aire una certeza: El Espiritismo brasilero perdía a uno de los mayores intérpretes del pensamiento kardeciano.

“El Correo Fraterno” reúne, en esta obra, 39 de las más interesantes crónicas de Herculano Pires (o el Hermano Saulo), publicadas entre los años 1969/1970, regocijándose de poder así iniciar un trabajo editorial contando con la firma de este laureado autor, trabajo este que, ciertamente, se desdoblará en otros libros.


Wilson García
Editora Espírita Correo Fraterno do ABC

viernes, 23 de junio de 2017

EL HOMBRE POR LA MITAD

La percepción espiritual que el hombre tiene de sí mismo, innata y natural, se desarrolló en las civilizaciones de la Antigüedad, a partir del ciclo de las civilizaciones agrarias y pastoriles, en un sentido global. El hombre sentía e intuía la totalidad de su naturaleza. Por eso, no hubo, en ninguna parte, ningún tipo de filosofía materialista. La concepción materialista del hombre apareció tardíamente, como resultado de su desarrollo mental y del aguzamiento de su curiosidad.

Las filosofías antiguas, actualmente denominadas como materialistas o precursoras del materialismo — aún en los tiempos más recientes del pensamiento griego — se fundamentaban en principios espirituales y tendían hacia explicaciones teológicas. La presencia de Dios es constante en toda la Antigüedad, desde las selvas hasta las civilizaciones teocráticas.

En la Edad Media tuvimos el cierre del último ciclo de la evolución de las civilizaciones antiguas. En ella se resolvió el proceso dialéctico de la evolución mundial, en la confluencia de las conquistas occidentales y orientales, para la síntesis de Caldeirão de Dilthey, en que, según la conocida tesis de este filósofo, las concepciones filosóficas en la visión del mundo de griegos, judíos y romanos se fundían — en la lenta elaboración del Milenio — para que pudiese surgir el Mundo Moderno, a través del Renacimiento europeo. Renacían en Europa las principales conquistas espirituales de las antiguas civilizaciones. El Racionalismo griego dirigía las corrientes en fusión en la búsqueda de lo real. La nueva civilización se oponía al Espiritualismo fantasioso de la Antigüedad y las idealizaciones del platonismo, interesándose por el objetivismo aristotélico y sus tentativas de conocimiento material del Mundo, de las cosas y de los seres. Solo entonces se creaba el ambiente propicio para el desarrollo de las formas de interpretación materialista.

Ese viraje de la mente hacia los problemas terrenales, necesario y productivo, liberaba y aguzaba la curiosidad humana por los misterios de la Naturaleza, hasta entonces envueltos en las especulaciones mentales y en las fabulaciones de la afectividad anímica. Durante el milenio medieval la razón se desarrolla y perfecciona, despuntando en René Descartes y Francis Bacon hacia los avances metodológicos de la investigación científica. El teólogo disidente Abelardo aparece en ese contexto como el precursor de Descartes. Su rebelión les costó caro, pero su libro Sic et Non y su famoso caso con Eloísa sacudieron para siempre los fundamentos del Mundo Antiguo. En vano la Iglesia lucharía para mantener su dominio absoluto. La síntesis que abriría los nuevos tiempos era impulsada por las fuerzas de la evolución y del proceso histórico. Nada podría detener su desarrollo.

Como en todos los momentos de transición, el mundo se transformó en un pandemonio y los espíritus más vigorosos, por lo tanto más rebeldes, se volvieron en contra de la dogmática eclesiástica, proclamaron el advenimiento de la Razón y negaron el concepto espiritual del hombre, cortándolo por la mitad. Palabras como Espíritu y Alma fueron consideradas como residuos de un pasado de fábulas e ignorancia. En las luchas que se sucedieran, con el desarrollo científico y la revelación progresiva de los antiguos arcanos de la Naturaleza, las Ciencias heredaron para su estudio e investigación solo la mitad del hombre. A otra mitad fue puesta de lado como un artículo de Museo, válida solo para el vulgo inculto. Fue con verdadera euforia que los hombres se vieron libres de las responsabilidades de una vida que no se extingue en la tumba. Y los científicos, en general, se ufanaran de haber descubierto que no pasan de ceniza y polvo.

Los métodos de investigación científica se desenvolvieron en el plano sensorial, pues solo lo que era visible y palpable podía ser considerado como real. Se fundó así la Civilización Mundial del tacto, apoyada en la tecnología de las máquinas que, hasta entonces, no captaban fantasías o fantasmas. Relegado al cesto de papeles viejos, el hombre espiritual (nada menos que la mitad del hombre real) no merecía la atención de los sabios. Augusto Comte rechazó la Psicología, Pavlov y Watson descubrirían la Psicología sin alma (una ciencia sin objeto), Marx y Engels fundaron el Materialismo Científico. Y Sartre, hasta hoy, acompañado por la decadente figura de René Sudre, proclama la gloria de la nihilización del hombre. Los científicos que se atrevieran a probar la realidad del espíritu, como Crookes, Richet, Zöllner, Gibier, Osty, Geley, fueron considerados ingenuos o locos. Morselli, para salvar a esos colegas creo la maravillosa novedad del Espiritismo sin Espíritus. Solo faltó crear la Humanidad sin hombres, lo que quedó reservado para nuestros días, con el maravilloso descubrimiento de la bomba de neutrones.

En el plano religioso aconteció el más sorprendente de los fenómenos. Los teólogos cristianos proclamaron la Muerte de Dios, basados en el testimonio del Loco de Nietzsche y fundaron el Cristianismo Ateo. Ante ese panorama de locuras científicas era natural que la Psicología sin alma generase una hija también desalmada: la Psiquiatría del Libertinaje, que le dio la mano a la Toxicomanía y salió con ella para incentivar a los hombres al gozo de la vida sin compromisos ni responsabilidades.

En la mitología griega los andróginos eran duplos, fuertes y veloces. Intentaron escalar el Olimpo para hacerse dioses, pero Zeus los cortó por el medio y los devolvió mutilados a ras del suelo. Ese hombre mutilado pobló la Tierra y fue el que los científicos mutilaron de nuevo, reduciéndolo a solo un cuarto del hombre original. No es de admirar que ese homúnculo actual — reprimido, vanidoso e insolente como aquel pedacito de fermento del Lobo de Mar de Jack London — este ahora explotando en la angustia y en los delirios de su impotencia. Perdiendo su mitad espiritual, entraran en las crisis del histerismo colectivo, fascinadas únicamente por las fuerzas magnéticas del sexo y arrastradas a todos los desvaríos de una esquizofrenia catatónica. La ceguera materialista completa ese espectáculo. Vampiros y parásitos no hacen más que atender a los llamados de la carne sin alma que agoniza en la angustia existencial. Sólo hay un remedio para el enfermo sin esperanza: la vuelta al espíritu. Mientras, como enseña Hubert, el hombre no comprenda que es espíritu y tiene que vivir como espíritu y no como los animales-máquinas de Descartes, no habrá más tranquilidad y esperanza en la Tierra, que dejó de ser la Tierra de los Hombres de Saint-Exupéry para transformarse en el dominio alucinado de los vampiros. El ciclo infernal se define así: los hombres vampirizados mueren, se transforman en vampiros para vampirizar a los que nacen.

La concepción materialista del hombre reduce a la Humanidad a una especie de animal sin perspectivas. La vida, los sueños, los anhelos humanos se transforman en espejismos y alucinaciones sin sentido. Si hubiese solo una justificativa lógica para esa concepción aún se podría aceptar el curso intensivo de esa moneda falsa en el mercado mundial de las ilusiones. Los espejismos del desierto pueden ser explicados por los fenómenos de refracción de la luz, pero ese espejismo conceptual no se justifica por refracción óptica o mental, ni por refracción histórica, ni por investigaciones antropológicas o psicológicas. Toda la Historia Humana se asienta, en todas partes, en la intuición universal de la naturaleza espiritual del hombre. La novedad materialista del Siglo XIII brotó de varios equívocos en la lucha contra los absurdos y los desmanes de la Iglesia, basados en la idea de poderes divinos supuestamente concedidos a los clérigos a través de rituales de origen salvaje. La raíz del materialismo es el tacape[1] del cacique, seco y muerto, del cual solo podría brotar las serpientes del bastón de Moisés en la sala del Faraón.

Históricamente el materialismo nació del sofisma, que es una negación de la verdad, de la que se servirían los sofistas griegos para negar la posibilidad del conocimiento real. El Materialismo Científico vale históricamente por su reivindicación social, más el error fatal de la inversión de la Dialéctica de Hegel lo coloca hoy, en posición filosófica retrógrada. Le falta la luz del espíritu y cuando esta aparece, iluminado por manos piadosas, huye a toda prisa, no puede soportarla, como sucedió recientemente en la Universidad de Kirov, con el incómodo descubrimiento del cuerpo espiritual del hombre por científicos soviéticos.

Es curioso que, a pesar del acelerado desarrollo científico de nuestro tiempo, estamos aún apegados al método deductivo — empirista del largo pasado humano. Los métodos de la investigación tecnológica nos sirven para descubrimientos sorprendentes en las investigaciones fragmentarias de la realidad exterior, pero en lo concerniente a los problemas de la esencia y de la naturaleza humana no avanzamos un paso más allá de la imaginación. Nuestro barco mental encalló en las aguas turbias de las ideas hechas y de las deducciones precipitadas del proceso teológico. El misticismo de los creyentes religiosos se transformó, en la era científica, en una forma espuria de la mitología de Bacon, fundada en la idolatría supuesta de las soluciones mentales. Continuamos apegados a los ídolos del pensamiento baconiano. Imantados a preconceptos de milenios, nos precipitamos en conclusiones envejecidas, sin el menor respeto por el método cartesiano. Modelamos nuestra imagen en la roca, con el cincel de Miguel Ángel y, como el, queremos forzar esa imagen a hablar. No creemos en la evidencia de la Física, con miedo de volatilizarnos en la realidad atómica que nos revela la inconsistencia de la carne, de sus formas desgastantes y mortales. Consideramos a la Física válida para las cosas más duras que nosotros, pero mantenemos intacta la imagen del hombre carnal. Le tememos a nuestra propia dispersión en el espacio y queremos escondernos en las cavernas de Bacon. Descartes, el espadachín atrevido, nos aterroriza más que las explosiones atómicas. Viajamos hacia la Luna envueltos en escafandras de seguridad y volvimos de los viajes espaciales asustados y aferrados a las ideas esquemáticas de los teólogos medievales, como aconteció con los astronautas americanos. El instinto de conservación animal predomina sobre la razón científica y nos tornamos místicos como los frailes auto-flagelantes. Las máquinas americanas de producción de sectas religiosas en serie funcionan a un ritmo acelerado que da miedo, aumentando de manera atemorizante la capacidad de exportación de pastores americanos hacia todo el mundo.

Los astronautas soviéticos, materialistas, vuelven del espacio sideral alardeando que Dios no existe porque ellos no lo encontraron en los suburbios orbitales del planeta. Repetirán, en escala cósmica, las bravuconadas infantiles de los cirujanos del siglo XVIII que se vanagloriaban de nunca haber encontrado el alma en la punta de sus bisturís. Los siglos pasan, el conocimiento avanza, pero las orejas de Midas continúan plantadas en la Tierra. Hasta un filósofo como Bertrand Russel, innegablemente lúcido, se desliza en la lógica declarando que, a pesar de los estragos hechos con el concepto de materia, la verdad es que las leyes físicas continúan en vigor. La hipnosis materialista entorpece los cerebros. Por otro lado, el apego del hombre al cuerpo material perecible, alimento de los gusanos — no deja a los más ilustrados materialistas, enemigos férreos de Dios, percibir que, con ese apego, rinden homenaje al supuesto enemigo en esa obstinada idolatría de la carne. Combaten al Creador pero no quieren salir del corral de sus creaciones efímeras.

En su libro Los Extraños Fenómenos de la Psique Humana, Vasiliev nos ofrece una nueva imagen del Prometeo encadenado a las rocas del Cáucaso, con su hígado devorado por los buitres. Y la imagen trágica de un Prometeo a la inversa, que no robo el fuego del cielo, en que no cree, pero lucha desesperadamente para mantener acceso al fuego terreno de Vesta, después que las mismas vestales del materialismo lo apagaran. El notable científico soviético se hace campeón del absurdo para irse contra las más recientes e indescifrables conquistas espiritualistas de las Ciencias. Vigilado por el Leviatán del Estado, gasta su inteligencia y su conocimiento transitorio, debatiéndose inútilmente en la lucha contra la verdad eterna de la naturaleza espiritual del hombre. Como Bertrand Russel, no percibe que las leyes físicas descubiertas por las investigaciones científicas no son más que los fundamentos de la realidad material generada e sustentada por el poder creador el Espíritu. Esas leyes no hacen parte de la concepción materialista, pero sí de la estructura de la Realidad Total en que la materia se inserta en el plano sensorial ilusorio. Bertrand, Vasiliev e René Sudre — ese corrillo chismoso y centenario de la batalla contra el espíritu — no percibieron aún que sus uñas, sus cabellos y sus ojos no son lo que ellos ven y sienten, sino plasmas atómicos, plasmas oscuros y condensados por el condicionamiento de nuestros sentidos, en las formas de percepción ilusoria de la realidad real, que solo ahora estamos descubriendo.

El hombre por la mitad, esa visión parcial del hombre que hoy poseemos, es simplemente un animal dotado de instintos, entre los cuales sobresale el de la reproducción de la especie. El psiquismo humano no existe, es fisiológico y no psíquico. De ahí la falencia de la Psicología Terapéutica e especialmente de la Psiquiatría Libertina. Por eso, los psiquiatras honestos se apegan hoy a los recursos del Espiritismo — La Ciencia del Espírito, fundada por Kardec —, la única ciencia real, basada en la investigación de los fenómenos, capaz de completar nuestra visión del hombre de manera positiva. Solo un psiquiatra dotado de recursos espíritas puede enfrentar con eficacia los extraños fenómenos de la Psique humana que aturden a los especialistas más experimentados.

 




[1] Arma ofensiva usada por los indios, hecha de madera, semejante a una pequeña espada. Nota del traductor.

PARÁSITOS Y VAMPIROS

La economía de la Naturaleza nos revela la unidad funcional de todos los procesos vitales. La Naturaleza, en su infinita variedad de cosas y seres, no malgasta energías y formas, contenidos y contenedores, en sus estructuraciones. Del reino vegetal al animal el proceso creador es uno, obligándonos a una concepción monista del universo. La Fisiología de la Naturaleza, según la ley de diferenciación en la unidad, se muestra estructurada y funcional por los mismos sistemas adaptados a cada reino. De la savia del vegetal a la sangre de los animales y el hombre, y de las estructuras auditivas inferiores a las superiores, la organización es la misma. De los sistemas de motilidad, percepción, alimentación y asimilación de las plantas al hombre, el sistema de funcionalidad solo varia en lo que respecta a las adaptaciones específicas. De la misma manera y por la misma razón, el parasitismo vegetal se desarrolla en la dirección del parasitismo animal y del vampirismo hominal-espiritual. Y así como el parasitismo influye en el desarrollo de las plantas y en el comportamiento de los animales, el vampirismo influye en el comportamiento humano individual y social. Entre los diversos elementos, cosas y seres que actúan sobre el comportamiento humano, el más perturbador y que más amenaza las estructuras físicas y espirituales del ser humano es el vampirismo, porque es la actuación consciente de un ser sobre otro, para deformarle los sentimientos y las ideas, perturbarle la mente y llevarlo a prácticas y actitudes contrarias a su equilibrio orgánico y psicológico.

En el parasitismo, incluso en el espiritual, hay una tendencia de adaptación del parasito a la víctima. La ley es la misma del parasitismo vegetal y animal. La entidad espiritual parasitaria busca adaptarse al parasitado, en la posición de una sub-personalidad afín. Ambos viven en sintonía, pero el parasito a costa de las energías del parasitado, cuyo desgaste aumenta de manera progresiva. Ambos ganan y pierden en esa conjugación nefasta. El parasitado sufre doble desgaste de sus energías mentales y vitales y el parasito cae en su dependencia, perdiendo su capacidad individual de supervivencia y conservación. La muerte del parasitado afecta al parasito, que muere sugestivamente con él, pues perdió la capacidad de vivir, sentir y pensar por sí mismo. Los casos de personas dependientes, excesivamente tímidas, desanimadas, ineptas para la vida normal, esas de las que se dice que “pasaron por la vida, pero no vivieron”, son casos típicos de parasitismo. Las mismas condiciones orgánicas de esas personas, que no reaccionan adecuadamente a la ayuda de medicinas, alimentos y estímulos ambientales, de las prácticas físicas o espirituales, son el resultado no solo de las deficiencias orgánicas sino también de la sobrecarga invisible del parasitismo espiritual. Los medicamentos estimulantes y los tratamientos psicológicos raramente producen los efectos deseados. Sin embargo, la conjugación de esos recursos con el tratamiento espiritual para la expulsión del parasito, que representa en el organismo de la víctima una forma subnormal de vida consumidora, generalmente produce resultados sorprendentes. Las causas de esa situación mórbida son el resultado de procesos kármicos originados por asociaciones criminales con cómplices del pasado. Los recursos espirituales son los pases espíritas, la frecuencia regular a las reuniones mediúmnicas, el estudio y la lectura de los libros básicos de la doctrina, la práctica de la oración individual por el parasitado en favor del parasito o parásitos.

Todas esas providencias deben ser orientadas por personas conocedoras del Espiritismo, sin pretensiones y dotadas de buen sentido, lo que permitirá el control del proceso de curación. Todas las prácticas exorcistas, quema de incienso y veladoras, aplicación de pases padronizados, uso de plantas supuestamente milagrosas u objetos de magia solo agravaran la situación. El espíritu parasito es una criatura humana con derechos comunes a la especie humana y debe ser siempre encarado como compañero de sufrimientos del parasitado. En esos tratamientos no se debe despreciar el concurso médico, pues los efectos negativos del parasitismo espiritual, debilitando el organismo de la víctima, propician también la infiltración de los parásitos del medio físico, que deben ser combatidos con medicamentos específicos. Aunque la acción espiritual de las entidades protectoras pueda ayudar también al reequilibrio orgánico, la presencia de un médico, si es posible espírita, es necesaria. Se engañan quienes se vuelven contra la medicina en estas situaciones, pues las leyes y los recursos del medio físico son los más adecuados en esos casos. Cada plano de la Naturaleza tiene sus necesidades específicas, que precisamos respetar. Existen también los Espíritus de la Naturaleza que trabajan en el plano físico.

Esas entidades semimateriales, de cuerpos periespíriticos, están en ascensión evolutiva hacia el plano hominal. Son los llamados elementales de la concepción teosófica, derivada de las doctrinas espiritualistas de la India. Las funciones de esas entidades en la Naturaleza son de gran responsabilidad. El Espiritismo pone énfasis en el estudio y en la investigación de los espíritus humanos, que son los de nuestro plano evolutivo, dotados de conciencia e inteligencia racional más desarrollada. Los parásitos ya pertenecen al plano humano. Son considerados en la Teosofía y en otras corrientes espiritualistas como larvas astrales. En realidad, no son larvas ni elementales, son entidades que necesitan de ayuda y adoctrinamiento. Los teosofistas atribuyen también las comunicaciones espirituales a los llamados cascarones astrales, que son para ellos envoltorios espirituales, periespíritus abandonados por los muertos y de los que se sirven los elementales o espíritus burlones para manifestarse en las sesiones mediúmnicas como si fueran espíritus de muertos. La teoría de los cascarones fue creada por Mme. Blavatski después de una sesión mediúmnica a la que asistió en Nueva York. El Sr. Sinet declara en su libro “Incidentes de la Vida de Mme. Blavatski” que ella cometió un engaño de observación, al cual nunca más se refirió. Sinet, teósofo de proyección y compañero de Blavatski, diverge de los teosofistas que continúan aceptando esa falsa teoría. André Luiz se refiere a los ovoides, espíritus que perdieron su cuerpo periespiritual y se ven cerrados en sí mismos, envueltos en una especie de membrana. Eso nos recuerda la teoría de Sartre sobre ser-en-sí, forma anterior del ser espiritual, que la rompe al proyectarse en la existencia por necesidad de comunicación. La acción vampiresca de esos ovoides es aceptada por muchos espíritas amantes de las novedades. Pero esa novedad no tiene las condiciones científicas ni el respaldo metodológico para ser integrada a la doctrina. No pasa de ser una información aislada de un espíritu. Ninguna investigación seria, por investigadores competentes, probó la realidad de esa teoría. No basta el concepto del médium para validarla. Las exigencias doctrinarias son mucho más rigurosas, en lo que se refiere a la aceptación de las novedades. El Espiritismo estaría sujeto a la más completa deformación, si los espíritas se entregasen al delirio de los cazadores de novedades. André Luiz se manifiesta como un neófito entusiasmado por la doctrina, empleando a veces términos y conceptos que desentonan de la terminología doctrinaria y que no siempre se ajustan a los principios espíritas. La amplia libertad que el Espiritismo faculta a sus adeptos tiene límites rigurosamente fijados en la metodología kardeciana.

En el caso del parasitismo y del vampirismo todo rigor es poco, pues los rigores y engaños de interpretación pueden llevar los trabajos de curación por desvíos peligrosos.

Si no enfrentamos el parasitismo y el vampirismo en términos rigurosamente doctrinarios, con el debido respeto al método kardeciano, seremos susceptibles de ser engañados por espíritus mistificadores que pasaran a vampirizarnos. Porque el vampirismo es un fenómeno típico de las relaciones interpersonales.

Tanto en la vida material como en la espiritual el vampirismo es un proceso común y universal del relacionamiento afectivo y mental de las criaturas. Es vampiro el sacerdote que fanatiza a un creyente y lo somete a sus exigencias para explotarlo con la promesa del Cielo, también es vampiro el político demagogo que fascina a los adeptos a sus ideas y los lleva al sacrificio inútil y brutal de la rebelión y el terrorismo. Es vampiro el espírita o médium que fascina a los ingenuos con la adulteración de poderes que no posee, revelándoles supuestas reencarnaciones deslumbrantes y conduciéndolos al delirio de sus ambiciones de grandeza. Es vampiro el negociante que se apodera del dinero de sus clientes con falsas promesas de un futuro improbable. Es vampiro el galanteador donjuanesco que se aprovecha del afecto de las mujeres inseguras para explotarlas. Es vampiro el alcohólico o drogadicto que siembra la desgracia a su alrededor. Es vampiro el espíritu sagaz y vengativo que absorbe las energías de las criaturas humanas y subyuga otros espíritus para actuar en la conquista y dominación de otras, y así sucesivamente, en el amplio y variado patrón del vampirismo material y espiritual.

Por todo eso, la cura del vampirismo no es más que un proceso de separación de los implicados, del alejamiento del vampiro de la órbita de su víctima. Pero no basta ese primer paso, es necesaria la persuasión de los involucrados a través del adoctrinamiento espírita. El adoctrinamiento es la transmisión del conocimiento doctrinario a las dos partes. Sin esa transmisión el proceso no se completa y la cura solo será una suspensión del vampirismo por algún tiempo. Como enseñó Jesús (y vemos en los Evangelios) podemos protegernos de los agresores que se apoderaron de la casa, limpiarla y ordenarla. Pero si esta queda vacía, los agresores invitaran a otros compañeros y la retomaran. En ese caso, el estado de la vivienda estará peor que antes. Conforme al grado de compromiso y responsabilidades mutuas entre el vampiro y sus víctimas, el tratamiento será más o menos prolongado. Los vampiros son obstinados y persistentes, pues el vampirismo es para ellos la manera de mantenerse en la rutina de sus adicciones. La víctima, a su vez, se siente cómoda en el vampirismo y acostumbrada en la entrega de sí misma sin resistencia. La asistencia regular de la víctima a los pases y a las sesiones mediúmnicas es el único medio posible de fortalecerla para resistir. No nos engañemos con las mejoras instantáneas. Los vampiros no sueltan fácilmente a sus víctimas. Se apartan estratégicamente y vuelven con más furia a la primera oportunidad que se les presente. Es necesario que las víctimas curadas estén convencidas de esto y prepararse para rechazarlos en sus embestidas mañosas. A pesar de esas dificultades, en trabajos bien dirigidos no es raro que se consigan resultados relativamente rápidos, que permiten mayores posibilidades en la consolidación de la cura.

El fracaso de la psiquiatría, con sus métodos modernos, es el resultado de la falta de consideración de esos factores espirituales en los diversos tipos de perturbaciones mentales y desequilibrios emocionales. Impotentes ante aquellos casos graves, como las inversiones y desvíos sexuales, los psiquiatras más actualizados adoptaron una táctica de dilación persuasiva, considerando normales estas anomalías. Consideran peligrosa resistirse a los impulsos inferiores de la libido, alegando que reprimirlas trae como consecuencia complejos irreversibles. Los psiquiatras espíritas, que afortunadamente hoy son numerosos, no pueden aceptar esa táctica de claudicación, que los convertiría en cómplices de los vampiros. Ellos están en el deber indeclinable, profesional y de conciencia, a organizarse en asociaciones de investigación, fundamentadas en la Ciencia Espírita y en la Psiquiatría, ante la necesidad de enfrentarse a esos medios de degeneramiento de la especie.

La sexualidad es el fundamento de la vida y el sexo es su forma de manifestación. Los psiquiatras ingenuos o ignorantes juegan con fuego en consultorios y clínicas y están incendiando al mundo. Corren hacia el sofisma en defensa propia, alegando la imposibilidad de caracterizar entre lo que es normal y lo que es anormal. Con eso pretenden declarar normales las anormalidades más viles. Más la normalidad se define por sí misma en el entorno social. El sexo masculino define la personalidad normal del hombre en sus funciones creadoras. El sexo femenino define la personalidad normal de la mujer. Confundir ajos con cebollas es una táctica de negociantes fraudulentos e inescrupulosos. Decir a un adolescente que se siente dominado por impulsos negativos y procura librarse de ellos: “Eso es normal, consiga un compañero” es lanzar al infeliz en la rueda viva de un futuro vergonzoso. No es esa la función del médico ante el enfermo que lo busca. Ya existen consultorios y clínicas dotados de lechos ocultos, para los cuales son invitados pacientes desesperados hacia una terapéutica libertina. El médico, en este caso, se receta a sí mismo como medicamento salvador. La llamada terapia grupal se transforma en gigolismo científico, en la que mujeres desorientadas son presentadas por los médicos a hombres insatisfechos que pueden adornar las frentes de sus maridos con base en la prescripción.

Un médico espiritualista nos comentó una anécdota que afirmó no ser anécdota: El Sr. B. una figura social importante, tenía la costumbre de recoger colillas de cigarrillo en la calle y llenar sus bolsillos con ellas. El psiquiatra que consulto lo sometió a un tratamiento modernísimo. Encontrándolo más tarde, el médico espiritualista le preguntó que si se había curado. Si le respondió el personaje empavonado. Continúo recogiendo las colillas de cigarrillo, pero ahora no me da vergüenza. Lo hago con gusto. Las técnicas psiquiátricas más modernas, como se ve, proceden de la remota fase griega de los sofistas, de los cuales Sócrates se desligó para poder encontrar la Verdad.

 

MEDIÚMNIDAD ESTÁTICA

La Mediúmnidad es una sola, es un todo, pero puede ser encarada en sus varios aspectos funcionales, que son caracterizados como formas variadas de su manifestación. Kardec la dividió, para efecto metodológico, en dos grandes áreas bien diferenciadas: la mediúmnidad de efectos inteligentes y la mediúmnidad de efectos físicos. Esa división prevaleció en las ciencias derivadas del Espiritismo. Charles Richet, fundador de la Metapsíquica, estableció en esa ciencia la división de las dos áreas con los nombres de metapsíquica subjetiva y metapsíquica objetiva, correspondiendo exactamente a la división espírita. En la Parapsicología actual, fundada por Rhine y McDougal, las dos áreas figuran con las denominaciones de: Psi-gamma (de fenómenos subjetivos o mentales) y Psi-kappa (de fenómenos objetivos o de efectos físicos). La llamada Ciencia Psíquica Inglesa, como la antigua Parapsicología Alemana, la Psicobiofísica de Schrenk-Notzing y otras varias escuelas científicas mantuvieron esa división, lo que prueba el acierto metodológico de Kardec. La expresión médium también prevaleció, llegando incluso a la Parapsicología Soviética, materialista, que la conserva en sus publicaciones oficiales. Sólo algunas ramas científicas sofisticadas, como la Metergia[1] y la Psicorragia[2] inventaron substitutivos para la cómoda y clara palabra médium, pero que no se popularizaron. En la Metergia el médium se llama metérgico y en la Psicorragia se llama psicorrágico. Palabras científicas sólo usadas por algunos médiums pedantes que no quieren llamarse médiums. Las denominaciones dadas por la Parapsicología actual no son pedantescas. Son simples nombres de letras del alfabeto griego, tradicionalmente empleados en las Ciencias para designar los fenómenos. Tampoco es verdad que la Parapsicología actual haya dado otros nombres a los fenómenos para diferenciarse del Espiritismo. El problema es otro: en la investigación científica no se pueden usar designaciones que impliquen interpretación anticipada del fenómeno. Escogiendo letras griegas para designar los fenómenos a ser investigados, los parapsicólogos usaban palabras neutras, como exige la metodología científica. Una cuestión de método. A pesar de ese criterio, la palabra sensitivo, por ejemplo, escogida para sustituir médium, ya fue abandonada por varios parapsicólogos, que volvieron a la expresión médium, como vemos en el caso soviético.

La terminología espírita adoptada por Kardec es simple y precisa. Pero en lo tocante a las dos áreas fundamentales de los fenómenos de efectos inteligentes y efectos físicos, era necesario una adición. Además de esa división fenoménica, había el problema de la división funcional. Kardec notó la generalización de la mediúmnidad y los espíritus lo ayudaron, como se ve en el Libro de los Médiums, con una especificación curiosa. Tenemos así dos áreas de la función mediúmnica, designadas como mediúmnidad generalizada y mediúmnato. La primera corresponde a la mediúmnidad natural, que todos los seres humanos poseen, y la segunda corresponde a la mediúmnidad de compromiso, o sea, de médiums investidos espiritualmente de poderes mediúmnicos para finalidades específicas en la encarnación. Como Kardec mencionó la existencia de médiums eléctricos y varias veces comparó la mediúmnidad con la electricidad, surgió más tarde entre algunos estudiosos, entre ellos Crawford, la idea de una división más explícita, con la designación de mediúmnidad estática y mediúmnidad dinámica. La primera corresponde a la mediúmnidad natural que todos poseen y permanece generalmente estancada, con manifestaciones moderadas y casi imperceptibles. La segunda corresponde a la mediúmnidad activa, que exige desarrollo y aplicación durante toda la vida del médium.

La falta de conocimiento de esa división acarrea dificultades e inconvenientes en la práctica mediúmnica, particularmente en los trabajos de Centros y Grupos. La mediúmnidad estática no es propiamente una forma de energía que permanece en el organismo corporal en estado letárgico. Es simplemente la disposición natural del espíritu para expandirse, proyectarse y entrar en relación con otros espíritus. La Parapsicología actual confirmó la tesis espírita de las relaciones telepáticas permanentes en la vida social. Nuestra mente funciona, según acentúa John Ehrenwald en su estudio sobre relaciones interpersonales, como activo centro emisor y receptor de pensamientos. Estamos siempre conversando sin percibirlo. Muchos de nuestros monólogos son diálogos con otras personas o con espíritus. Mensajes de Emmanuel y André Luiz, a través de Chico Xavier, se refieren a las interrogaciones mentales que ciertos espíritus nos hacen, ya sea para evaluar nuestro estado mental y ayudarnos a corregirlos, ya sea para fines obsesivos. Un obsesor se aproxima a nosotros y sugiere mentalmente el nombre o la figura de una persona. Comenzamos a pensar en esa persona y a desfilar en la mente los datos que poseemos sobre ella. El obsesor insiste y nosotros, sin percibir, vamos dándole la ficha de la persona o nuestras opiniones sobre ella. Ayudamos al obsesor sin saber. Otras veces pretende saber cuál es nuestra posición en un caso de desacuerdo con un amigo. Nosotros se lo revelamos y él entra a envolvernos en un proceso obsesivo. Por eso Jesús aconsejó: “Orad y vigilad”. Debemos vigilar nuestros pensamientos y orar por aquellos que consideramos en error. Si hiciéramos así ciertamente nos libraremos de muchas perturbaciones y muchos disgustos innecesarios. Los monólogos del hombre son siempre observados por las testigos invisibles, buenos o malos, que nos cercan. La mediúmnidad estática funciona en forma permanente en nuestro psiquismo. Forma parte de nuestra naturaleza, no es una gracia ni una prueba, es un elemento esencial de nuestra constitución humana.

A las casas espíritas recurren muchas personas perturbadas e incluso obsesionadas, que en general son consideradas como médiums en fase de desarrollo.

Muchas de ellas son sólo víctimas de persecución de espíritus inferiores, resultantes de interrogaciones mentales. Por ese u otros motivos, esas criaturas están realmente envueltas en un proceso de obsesión, pero no son médiums en desarrollo. Necesitan de pases, de participación en las sesiones, pero no de sentarse en la mesa mediúmnica para desarrollar la mediúmnidad. Esas personas, tratadas debidamente, se libran de la obsesión, pero no revelan más los síntomas mediúmnicos derivados de la obsesión. Esas personas no están envestidas de mediunato, no necesitan ni pueden desarrollar su mediúmnidad estática. Esta le sirve para guiarse en la vida a través de intuiciones y percepciones extra-sensoriales. La obsesión ocasional, por su parte, sirvió para acercarla al Espiritismo, despertarle o reanimarle el sentimiento religioso, encaminarla en un sentido más elevado en su manera de vivir, en la búsqueda de sintonías mentales benéficas y no perjudiciales.

Las personas no dotadas de mediunato no están desprovistas de los recursos mediúmnicos. Por el contrario, pueden ser muy sensibles e intuitivas, disponiendo de percepciones eficaces en todas las circunstancias. Los dirigentes de sesiones no pueden olvidar ese problema, que les evitará muchos engaños en el trato con las manifestaciones mediúmnicas. Las obsesiones no son producidas sólo por espíritus. Hay muchos casos de obsesiones telepáticas, provocadas por personas vivas. Kardec trató de esos casos refiriéndose a la telepatía como telegrafía humana. Sentimientos de aversión, de odio, de venganza, acompañados de pensamientos agresivos, pueden dar la impresión de verdaderos procesos de obsesión por espíritus inferiores. Estos generalmente se envuelven en tales casos y se manifiestan en las sesiones con sus acostumbradas bravatas, pasando como los responsables por perturbaciones en que sólo se entrometen. Eliminando el proceso telepático, esos espíritus se alejan, se sienten impotentes para proseguir en la temeraria empresa. El Dr. Ehrenwald relata un caso de su clínica psicoanalítica, en que un muchacho era rechazado por los compañeros de pensión. El rechazo era oculto, pues todos fingían apreciarlo. Sólo la investigación del médico probó lo que le pasaba. Alejando el paciente hacia otro medio, los síntomas obsesivos desaparecieron gradualmente, en la proporción en que los verdugos lo olvidaban. Ese famoso médico psicoanalista, ante casos de ese orden, propuso la ampliación de los métodos de investigación parapsicológica incrementando los métodos significativos de la Psicología con los métodos cualitativos de la investigación espírita. Había realmente llegado la hora en que la Parapsicología actual debía superar el primarismo de los métodos de investigación puramente cuantitativos, bajo control estadístico, para enfrentar el problema de las consecuencias de la acción telepática en el medio social. Posteriormente la Profa. Louise Rhine, esposa y colaboradora del Prof. Rhine, publicaba su libro Los Canales Ocultos de la Mente, relatando investigaciones de campo sobre los fenómenos paranormales. Alegaba que las investigaciones de laboratorio eran demasiado frías y despojaban a los fenómenos la riqueza emocional de su significado. El libro de la Señora Rhine presenta una secuencia impresionante de casos esencialmente espíritas.

Todos los ríos llevan sus aguas hacia el mar. Todas las ciencias psíquicas desembocan fatalmente en el delta del Espiritismo. No podemos despreciar sus investigaciones y sus conclusiones. Los parapsicólogos verdaderos, que son científicos universitarios, no deben ser confundidos con sacerdotes inconscientes que presentan al público una deformación sectaria e intencional de la parapsicología. Esos padres, frailes y pastores que zapatean sobre la ignorancia y la ingenuidad del pueblo, son accionados por intereses materiales evidentes y por entidades espirituales inferiores, que se sirven de la mediúmnidad estática de ellos para llevarlos a campañas sin gloria y a la explotación deplorable de la buena fe de los fieles. Pero la verdad es que están en las mallas de la mediúmnidad que niegan y combaten. La mediúmnidad estática duerme en sus propias entrañas, a la espera de que se hagan capaces de percibirla y comprenderla.

En la línea natural de los procesos de percepción, la mediúmnidad estática aflora, a veces, dadas las circunstancias favorables, en una eclosión semejante al desarrollo mediúmnico. Hay casos de premonición que surgen de un peligro eventual, casos de videncia pasajera, que parecen síntomas de mediunato en eclosión. Es difícil saberse de inmediato, lo que pasa, especialmente en virtud del estado emocional de los pacientes. Pero basta una observación paciente, con la frecuencia de las sesiones mediúmnicas, para inmediatamente verificarse que se trata sólo de ocurrencias aisladas y ocasionales. La mediúmnidad estática tiende siempre a volver a su acomodación en el psiquismo normal. Lo que a veces complica esas ocurrencias pasajeras es la insistencia en el desarrollo mediúmnico o las aplicaciones terapéuticas de choque y dosificaciones excesivas de drogas en los recetarios médicos.



[1] Metergia, en parapsicología tiene dos acepciones (ya en desuso) telecinesia y telergia (Nota del traductor).

[2] Psicorragia: Liberación violenta de las fuerzas psíquicas residentes en el inconsciente humano (Nota del traductor).

MEDIÚMNIDAD DINÁMICA

La mediúmnidad dinámica no permanece en éxtasis en el organismo del médium. No actúa de manera discreta y sutil, como la mediúmnidad estática. Por el contrario, se desborda agitada en fenómenos de captación y proyección, y no es raro que explote en procesos obsesivos. Es la llamada mediúmnidad de servicio, destinada a la ayuda y al socorro del prójimo. Deviene de los compromisos asumidos en el plano espiritual, ya sea para auxiliar sin discriminación a los que necesitan de ayuda y orientación, o para el rescate de deudas morales del pasado con entidades necesitadas, cuyo estado inferior se debe, en parte o totalmente, a las acciones del médium en vidas anteriores. El médium no disfruta sólo las ventajas de la mediúmnidad generalizada, pues se ve investido de una misión mediúmnica a que los Espíritus dieron el nombre de mediúmnato. La situación del médium es bien diferente de la común. Él es continuamente solicitado para atender a las entidades desencarnadas carentes de ayuda y elucidación. Si rechaza su compromiso o intenta posponerlo queda sujeto a perturbaciones y finalmente a la obsesión. El mediunato le fue concedido para reparar los errores del pasado y recuperar a los espíritus que llevó a la perdición, a la incredulidad e incluso a la rebeldía en vidas pasadas. No obstante, el determinismo implícito en el mediunato, su libre arbitrio continúa intacto. Así como escogió y pidió esa situación al volver a la encarnación, por su libre voluntad, así también podrá ahora optar por el cumplimiento de la misión o por su rechazo, luchando naturalmente con las consecuencias de la fuga del deber.

El mediunato es también concedido en casos de pura asistencia al prójimo y ayuda a la Humanidad, como nos muestra el ejemplo histórico de las niñas Boudin, Julia y Carolina, en París, cuya mediúmnidad admirable garantizó el éxito de la misión de Kardec. Pero el mismo Kardec no era médium, porque su misión era científica y no mediúmnica. Le competía estudiar e investigar la mediúmnidad para desarrollar la incipiente cultura terrena, revelando a los científicos la faz oculta de la Naturaleza, la realidad desconocida del otro mundo que ellos no percibían y cuando la percibían no la aceptaban. Las niñas Boudin, que contaban con sólo 14 y 16 años, fueron los instrumentos mediúmnicos de que él se sirvió para la elaboración de la Doctrina. Interrogaba a los espíritus a través de ellas, aceptaba o rechazaba lo que decían, discutía libremente con ellos y observaba otros médiums, como la Srta. Jafet, Didier hijo, Camille Flammarion, Victorien Sardou y muchos otros. No era un profeta, ni un vidente o un Mesías: era un investigador incansable y exigente. La voluminosa, minuciosa e inabalable obra que dejó, formaba un bloque compacto de más de veinte volúmenes de cuatrocientas páginas y media, nos muestra porque él no podía disponer de un mediunato. Tenía que dedicarse enteramente, como se dedicó hasta el agotamiento, al trabajo intelectual. Es grandiosa la epopeya humilde de ese hombre, investigador solitario de una ciencia que todos combatían y ridiculizaban. Si no estaba investido de mediunato, disponía de la intuición en alto grado, de un buen sentido que le permitió solidificar y estructurar la doctrina en bases seguras y vencer fácilmente las más sofisticadas embestidas de los intelectuales, de los sabios, de los ateos y materialistas, de las academias e instituciones culturales, de las iglesias y de los teólogos, mostrándoles con serenidad y claridad meridiana los errores temerarios en que incidían. La mediúmnidad estática le permitía, en los últimos años de trabajo, ser advertido directamente por los espíritus de lapsos ocurridos en sus escritos, como se puede ver en sus anotaciones publicadas en Obras Póstumas. Si los hombres no fuesen tan estúpidos como demostró Richet en L´Homme Stupide, le habrían ahorrado a Kardec muchos sin sabores y muchas luchas que tuvo que sostener. Para comprenderse mejor la razón por la cual Kardec no tuvo un mediunato, basta recordar el caso de Swedenborg en Suecia y de Andrew Jakson Davis en los Estados. El primero era uno de los mayores sabios del siglo XVIII, amigo de Kant y fue un precursor del Espiritismo. Pero, dotado de extraordinaria videncia, se perdió en sus propias visiones, fascinado por la realidad invisible, y acabó creando una secta llena de absurdos. El segundo era también vidente y lanzó una serie de libros en que lo fantástico supera las posibilidades de la realidad. Kardec pudo realizar su trabajo con firmeza porque no quiso ser más que el hombre, como decía Descartes, permaneciendo con los pies en el suelo y examinando todas las manifestaciones espirituales con el más riguroso criterio científico. Los fenómenos mediúmnicos son los más difíciles de examinarse con frialdad. El médium no escapa a los impactos emocionales de esas manifestaciones, como Kardec vio en el ejemplo de Flammarion. Por otro lado, la condición de médium lo haría sospechoso a los ojos desconfiados de los hombres de ciencia. Su posición firme en el campo cultural y en las áreas de investigación, que le valieron la alabanza de Richet y el respeto de Crookes, Zöllner y otros científicos concienzudos, y principalmente su lógica poderosa lo libraron de los peligros que él mismo señalaba en lo referente a la compleja y fascinante problemática del Espiritismo. Tenía que hablar a los hombres como hombre, y así lo hizo, con el lenguaje humano de los que buscan la verdad.

Aún en el medio espírita el criterio de Kardec no fue suficientemente comprendido. Muchos censuraban su mesura en tratar los asuntos difíciles de la época. No entienden el valor del Libro de los Médiums y viven buscando novedades presentadas en obras mediúmnicas sospechosas. No perciben que el problema mediúmnico sólo ahora puede ser tratado científicamente con más desinhibición, gracias al avance de las ciencias en los últimos años. Pocos entienden el criterio ejemplar de una obra difícil como La Génesis y de un libro como El Evangelio Según el Espiritismo, en que las cuestiones explosivas de la fe irracional y mitológica tendrían que ser esquivadas. En las manos de un vidente esos libros no podrían ser escritos con la claridad racional en que lo fueron, porque las visiones místicas influirían en su elaboración. La videncia, como todas las formas de mediúmnidad, puede ocurrir ocasionalmente a cualquier persona, pero su acción permanente, en los casos de mediunato, puede bloquear la razón y excitar el misticismo. En esos casos el místico está sujeto a engaños fatales. El espíritu encarnado está condicionado a la vida del plano material, no disponiendo de seguridad para lidiar con los problemas del plano espiritual. Pero la vanidad humana lleva a los videntes a confiar en sus percepciones, pues eso los coloca por encima de los otros. En el desdoblamiento, con fines de investigación en el otro plano, ese problema se agrava, pues el desplazamiento del espíritu para un campo de acción que no es el suyo, durante la encarnación, lo coloca en el plano espiritual como un extranjero que necesitaría de tiempo para ajustarse a él. Por eso Kardec prefirió el estudio y la investigación a través de las manifestaciones mediúmnicas, donde es posible controlarse la legitimidad de las informaciones dadas por los mismos habitantes del plano espiritual.

Richet levantó el problema del condicionamiento de la videncia a la creencia del vidente. Frederic Myers demostró que nuestra mente está condicionada para la interpretación de las percepciones sensoriales. La conciencia supraliminal, donde funciona nuestra mente de relación, está vuelta hacia las condiciones del mundo en que vivimos. La conciencia subliminal, que equivale al inconsciente, se destina a funcionar normalmente en la vida futura, o sea, en el plan espiritual. Kardec observó todo eso con rigor, a través de investigaciones incesantes, en las comunicaciones mediúmnicas de espíritus encarnados, como se puede ver en los relatos de sus investigaciones publicados en la Revista Espírita. Los mismos espíritus recién-desencarnados se refieren siempre a las dificultades que enfrentan para adaptarse a las condiciones del mundo espiritual. Es pues, una temeridad confiarse en la videncia para establecer nuevos principios o sistemas de la práctica espírita. La videncia ayuda en las investigaciones, pero no puede ser su único instrumento. Los videntes que se colocan en la posición de conocedores absolutos del otro mundo, olvidándose de que su equipamiento sensorial y mental pertenece a este mundo, y se presentan en la condición de maestros y reformadores de la doctrina engañándose a sí mismos y engañando a los demás.

Se puede alegar la existencia del mediunato de la videncia. Pero ese mediunato jamás es concedido para las aventuras de espíritus de vivos en el plano espiritual, porque eso sería condenar el médium a una situación de dualidad peligrosa en la vida terrena. El mediunato de la videncia existe, pero con el fin de ayudar a las investigaciones o para demostraciones de la verdad espírita, pero nunca para la creación de condiciones anómalas en el campo mediúmnico. Las propias obras mediúmnicas, psicografiadas, que describen con exceso de minucias la vida en el plano espiritual deben ser encaradas con reserva por los espíritas estudiosos. Emmanuel explica, prefaciando un libro de André Luiz, que el autor espiritual se sirve de figuras analógicas para explicar hechos y cosas que no podrían ser explicados de manera fidedigna en nuestro lenguaje humano. Son peligrosas las dos posiciones extremas: la de los que no aceptan esas obras como válidas y la de los que pretenden sustituir por ellas las obras de Kardec. Los principios de la Codificación no pueden ser alterados por la obra de un espíritu aislado. La Codificación no es obra de la videncia, sino de una investigación científica realizada por Kardec bajo orientación y vigilancia de los Espíritus Superiores.

Estamos en una fase de rápidas transformaciones de conceptos y valores, pero no debemos olvidar que los conceptos y los valores del Espiritismo no se restringen al momento actual. Son conceptos y valores destinados a nuestra preparación para el futuro, de modo que no están prescritos.

De todo eso resulta un aumento de la responsabilidad espírita para todos los que se dejan llevar por la fascinación de las novedades. El Espiritismo es un campo de estudios difícil y delicado, y que no podemos descuidar un sólo instante la brújula de la razón. Al tratar de asuntos espíritas estamos actuando en un campo magnético en el que combaten las fuerzas del bien y del mal. No siempre las sabemos distinguir con seguridad y podemos dejarnos llevar por corrientes de pensamientos desorientadores. La vanidad, la pretensión y el orgullo humano siempre vacío y fácil de ser llevado por los vientos de la mistificación, el deseo liviano de diferenciarnos de la mayoría y la ambición enferma y presuntuosa de fantasear como maestros pueden llevarnos a traicionar la verdad. La obra de Kardec es la brújula en que podemos confiar. Ella es la piedra de toque que podemos usar para comparar la legitimidad o no de las piedras aparentemente preciosas que los explotadores de novedades nos quieren vender. Esa obra reposa en la experiencia de Kardec y en la sabiduría del Espíritu de la Verdad. Si no confiamos en ella es mejor que abandonemos el Espiritismo. No hay maestros espirituales en la Tierra en esta hora de pruebas, que es semejante a la hora de exámenes en una escuela del mundo. Jesús podría respondernos, delante de nuestra búsqueda comodista de nuevos maestros, como Abraham respondió al rico de la parábola: “¿Porque yo debería mandaros nuevos maestros, si tenéis con vosotros la Codificación y los Evangelios?”.

La mediúmnidad dinámica del mediunato exige nuestro esfuerzo continuo en la lucha hacia la sustentación de la verdad espírita en el mundo. Pero nadie se esquiva sin graves consecuencias al deber de la vigilancia. Los espíritus mistificadores cuentan sólo con dos puntos de apoyo para envolvernos: la vanidad y la invigilancia. Es más fácil para ellos aproximarse a nosotros y conquistar nuestra atención, que los espíritus esclarecidos nos socorran con sus intuiciones ponderadas. Estamos en un mundo de pruebas y de expiaciones, somos espíritus en evolución, y la mayoría reincidentes de encarnaciones fracasadas. Nuestro libre albedrío no puede ser violado, pero cuando aceptamos las mistificaciones de pretendidos reformadores usamos el libre arbitrio en la elección infeliz que hacemos. Este es un punto importante de la doctrina en que debemos pensar incesantemente. Nuestra responsabilidad en lo tocante al mediunato no nos permite liviandad alguna que no tenga un precio a pagar en el presente o en el futuro. En un ambiente mediúmnico dominado por el deseo de novedades y por la expectativa de lo maravilloso, estamos sujetos siempre a embriagarnos con el vino de las ilusiones. El principal deber de los médiums se resume en dos palabras: fidelidad y vigilancia. Si no fuéramos fieles a la doctrina y no estamos siempre vigilantes a las celadas de las tinieblas, estaremos sujetos a continuar el camino de los falsos profetas de la Tierra y de la erraticidad, que el ciego de la parábola llevará al barranco para caer con él.