miércoles, 26 de agosto de 2020

RESIGNACIÓN ESPÍRITA



Una de las acusaciones que se hacen al Espiritismo es la de llevar el hombre al conformismo. “Los espíritas se conforman con todo, - nos escriben - y de esa manera acabarán impidiendo el progreso, creando entre nosotros un clima de marasmo, favorable a la tiranía política del Oriente. La idea de la reencarnación es el caldo de cultura del despotismo, pues las masas creyentes se entregan a cualquier yugo”.

Muchos confunden la resignación espírita con el conformismo religioso. Pero, contradictoriamente, acusan el Espiritismo y no acusan a las religiones. Por otro lado, quitan conclusiones teóricas de hechos que pueden ser observados en la práctica. La idea de la reencarnación no es nueva, no nació con el Espiritismo, y no necesitamos teorizar al respeto, pues tenemos toda la historia de la humanidad ante nuestros ojos, para mostrarnos prácticamente sus efectos.

Vamos, sin embargo, en orden. Y tratemos, primero, de la resignación y del conformismo. La resignación espírita transcurre, no de una sumisión místico-religiosa a las fuerzas incontrolables, sino de una comprensión del problema de la vida. Cuando el espírita se resigna, no está sometiéndose por el miedo, sino sólo aceptando una realidad a la cual tendrá que sujetarse, exactamente para superarla, para vencerla. No es, pues, el conformismo que se manifiesta en esa resignación, sino la inteligente comprensión de que la vida es un proceso en desarrollo, dentro del cual el hombre tiene que equilibrarse.

¿Acaso no es así como hacemos todos, espíritas y no-espíritas, en nuestra vida diaria? ¿El lector inconforme no es también obligado, diariamente, a aceptar una porción de cosas de las que le gustaría huir? Pero la diferencia entre resignación o aceptación, de un lado, y conformismo, de otro, es que la primera actitud es activa y consciente, mientras la segunda es pasiva e inconsciente. El Espiritismo nos enseña a aceptar la realidad para vencerla.

“Si la enfermedad lo acosa, - dicen - el espírita entiende que está siendo víctima del fatalismo cármico, del destino irrevocable. Si la muerte le roba un ser querido, él cree que no debe llorar, sino agradecer a Dios. Si el patrón lo castiga, él se somete; si el amigo lo traiciona, él perdona; si el enemigo le golpea en la mejilla izquierda, él le ofrece la derecha. El Espiritismo es la doctrina de la despersonalización humana”.

Pero acontece que esa despersonalización no es enseñada por el Espiritismo, y sí por el cristianismo. Cuando el Espiritismo enseña la conformidad delante de la enfermedad y de la muerte, el perdón de las ofensas y de las traiciones, nada más está haciendo que repetir las lecciones evangélicas. Ahora, como el lector acusa el Espiritismo en nombre del cristianismo, es evidente que está en contradicción. Además de eso, conviene esclarecer que no se trata de despersonalización, sino de sublimación de la personalidad. Lo que el cristianismo y el Espiritismo quieren es que el hombre egoísta, brutal, carnal, agresivo, animalezco, sea sustituido por el hombre espiritual. La “personalidad” animal debe dar lugar a la verdadera personalidad humana.

En cuanto al caso de las enfermedades, sería oportuno acordar al lector las curas espíritas. ¿No llega eso para demostrar que no hay fatalismo cármico? Lo que hay es la comprensión de que la enfermedad tiene su papel en la vida humana. Pero cabe al hombre, en ese terreno, como en todos los demás, luchar para vencerla. El Espiritismo, lejos de ser una doctrina conformista, es una doctrina de lucha. El espírita lucha incesantemente, día y noche, para superar el mundo y superarse a sí mismo. Conociendo, sin embargo, el proceso de la vida y sus exigencias, no se tira ciegamente a la lucha, sino buscando realizarla con inteligencia, en un constante equilibrio entre sus fuerzas y el poder de los obstáculos.

LA LEY SE HIZO NUESTRO PEDAGOGO PARA CONDUCIRNOS HASTA CRISTO



“Una frase de Pablo a los Gálatas define la evolución religiosa del hombre - De las religiones primitivas a la “ley” de los judíos y al cristianismo.

El estudio de las religiones sólo puede ser realizado de manera fecunda a la luz de los principios espíritas. Si encaráramos el fenómeno religioso desde el punto de vista de cualquiera de las religiones hoy dominantes en el mundo, seremos forzados a una actitud parcial, que no nos dejará llegar a una conclusión objetiva. Si lo encaráramos desde el punto de vista de cualquiera de las escuelas filosóficas en boga, o de las antiguas, o si lo tratamos a la luz de la sociología y de la etnología, o aún de la antropología cultural, llegaremos a conclusiones destituidas de sentido espiritual. La religión será vista sólo en su aspecto formal, objetivo.

Las escuelas ocultistas, esotéricas y teosóficas, penetran más hondo en el asunto. No obstante, presentan concepciones no siempre admisibles a la luz de la razón. Los estudios de religiones comparadas son prácticamente formales, y las filosofías espiritualistas, aún la de Bergson, que lanza mayor cantidad de luz sobre el asunto, paran en el momento exacto en que más debían avanzar. El Espiritismo, combinando la razón y la intuición, la observación objetiva y la subjetiva, los métodos de investigación y observación de la ciencia y los métodos propios de la indagación espírita, comprende en su concepción todo el panorama del fenómeno religioso.

Precisamente en virtud de esa capacidad de amplitud de la visión espírita, muchos estudiosos de la doctrina rechazan el admitirla como una manifestación cristiana. Habituados a encarar el cristianismo como una simple forma de religión, piensan que el calificativo de cristiano establece límites a la interpretación espírita del fenómeno religioso. No obstante, los que han profundizado el asunto son unánimes, a partir de Kardec y Denis, en reconocer que la condición cristiana es indispensable al Espiritismo, para que él realmente sea la doctrina amplia que es. El cristianismo, analizado “en espíritu y verdad”, no es una forma estrecha de creencia, sino una forma amplia de comprensión.

En su apreciación del fenómeno religioso, el Espiritismo comienza, desde Kardec, por admitir que el desarrollo religioso del hombre alcanzó, con el cristianismo, uno de sus momentos decisivos. Cristo no fue sólo un marco entre dos mundos, sino también y sobretodo la expresión más alta de la evolución espiritual del hombre y el orientador de su desarrollo futuro. Poco importa que, en el proceso histórico, el cristianismo haya sido sometido a imposiciones temporales, y aparentemente perdido su fuerza transformadora. La propia historia nos muestra que él nunca pudo ser completamente sometido, y que, en el momento previsto por el propio Cristo, consiguió romper todas las amarras de la tradición y mostrarse nuevamente en su verdadera naturaleza. A semejanza del propio Cristo, el cristianismo resucitó, tras haber descendido al sepulcro y a las regiones inferiores.

El Espiritismo nos muestra la evolución religiosa del hombre como un lento proceso, que viene del animismo y fetichismo primitivo hasta las formas complejas de religiones de la antigüedad, con su multiplicidad de dioses y de fórmulas, sus jerarquías sacerdotales y sus sistemas aparatosos de cultos.

Después, en un estado más adelantado, aparece la religión monoteísta de los judíos, aunque aún apegada las fórmulas paganas, inclusive en el tocante a los rituales sangrientos del sacrificio. Por fin, surge el cristianismo, con su espíritu de libertad, que el apóstol Pablo exalta en sus epístolas. El cristianismo es la espiritualización de la religión. La libera del culto formalista, de la exterioridad, de la organización social. La libera de la “ley”, como enseña Pablo, advirtiendo a los Gálatas (23:24) que la única función de la ley fue la del pedagogo, para conducirnos a la libertad en Cristo.

Como vemos, el cristianismo surge en el curso de la evolución religiosa como un momento de emancipación espiritual del hombre. Después, se sumerge también en el océano de fórmulas sacramentales y sistemas dogmáticos a que la mente humana se hubo habituado a través de los tiempos. Pero, en medio de todas las exterioridades, conserva su fuerza interior, hasta el momento anunciado por Cristo, según el Evangelio de Juan, en que tendría que ser restablecido. El Espiritismo aparece, entonces, como el verdadero Renacimiento Cristiano, en la expresión feliz de Emmanuel. Su misión es completar la obra de Cristo, liberando la religión de los compromisos exteriores e instaurando en la Tierra aquel reinado del espíritu que Jesús habló a la mujer samaritana.

ENTRE EL NEGATIVISMO Y LA SUPERSTICIÓN: EL EQUILIBRIO ESPIRITUAL DEL HOMBRE



Fragilidad de las posiciones extremas del espíritu — Fijación de la mente en el torbellino del mundo material o de las convenciones religiosas — La lucha espírita por el esclarecimiento espiritual del hombre.

La vida pierde su sentido, su significación, su razón de ser, cuando el hombre se aleja de la comprensión espiritual, buscando en el mundo material la única explicación de las cosas. El llamado hombre práctico de nuestros días, enteramente inmerso en los problemas inmediatos, funciona como una máquina. Está muy próximo a la concepción cartesiana de los animales: cuerpos en actividad mecánica, sin alma. Si en medio de ese funcionamiento inconsciente a que se entrega, alguna desgracia le ocurre, los horizontes se cerrarán a su alrededor. Ninguna perspectiva le restará. Es por eso que, en general, el hombre práctico, alcanzado por un golpe arrasador, recurre al suicidio.

Pero, si el materialismo de la vida práctica es peligroso, también lo es el materialismo teórico, intelectual, equivalente a una ceguera mental, que no permite al hombre divisar los contornos de la realidad. El materialista intelectual, que se apoya en una doctrina filosófica negativa, se siente fuerte para enfrentar el mundo mientras no le faltan las fuerzas físicas y los recursos materiales de la existencia. Una idea, como bien acentúa Annie Besant en su “Autobiografía”, lo sostiene en las duras luchas de la vida: la idea de la dignidad intrínseca del ser humano, que debe mantenerse digno por la propia dignidad, sin esperar cualquiera recompensa por eso. Pero, delante del desastre, del fracaso temporal, de una mutilación moral o física, esa idea será fácilmente eclipsada por otra: la nada.

Por otro lado, en el reverso de la medalla, la superstición del religiosismo común no es menos peligrosa que el materialismo. El hombre que cree sin indagar, sin comprender ni querer comprender, apegado a las creencias que le impusieron a través de la tradición, está sujeto a las mismas dolorosas sorpresas de aquel que no cree. La fe por la fe es tan insegura cuánto la dignidad por la dignidad, a que arriba aludimos. Tanto para una, como para otra, la mente humana exige una base racional. Fe ciega y dignidad ciega son frágiles como piezas de vidrio. Ambas pueden quebrarse con la mayor facilidad, ante los golpes de la vida. Porque en una cómo en otra el hombre está prendido a un punto de vista estrecho, sin la visión global del proceso de la vida, que le daría comprensión y coraje para enfrentar la lucha en cualquier circunstancia.

Ateísmo y superstición son los dos extremos peligrosos de la condición humana. Y tanto así, que ambos resbalan hacia las soluciones extremas, con la mayor facilidad, no solamente en el plano individual, sino también en el colectivo. Los crímenes del fanatismo religioso y del fanatismo materialista mancillan la historia humana. Porque tanto a la incredulidad absoluta como la superstición beata le faltan las luces del verdadero esclarecimiento espiritual, de la verdadera conexión del hombre con el sentido de la vida. El materialismo actúa como un imán, fijando la mente en el torbellino de la materia. La superstición fanática hace la misma cosa con los convencionalismos religiosos, en cuyo remolino de ceremonias y dogmas prende a la mente subyugada. De ahí las terribles contradicciones que señalan la historia de la religión, con los dramas crueles del fanatismo.

Fue por eso que Kardec inscribió, en “El Evangelio según el Espiritismo”, esta leyenda de luz: “Fe inquebrantable sólo es la que puede encarar frente a frente a la razón, en todas las épocas de la Humanidad”. Por eso es que el Espiritismo insiste en la necesidad del esclarecimiento permanente de la razón para los problemas de la fe. Combatiendo el materialismo, con las propias armas de este, a través de la observación y de la experimentación científica, el Espiritismo combate, por otro lado, el religiosismo ciego, la aceptación fanática de los principios religiosos. No combate ninguna religión, pero combate el fanatismo religioso. Y en ese combate no usa jamás las armas de la impiedad, porque sus armas son el esclarecimiento a través de la investigación, del estudio y de la exposición de la verdad. Ayudar al hombre a equilibrarse en la posición justa del espiritualismo esclarecido, para que el mundo sea mejor y más bello, es la misión del Espiritismo en este periodo difícil de la evolución terrena.

¿VAMOS A DEJAR A LOS ESPÍRITUS EN PAZ?



El joven había llegado de un viaje por URSS, Bulgaria, el Congo, Calcuta y Paris. Hiciera una escala en Cuba para ver con sus ojos el caso del racionamiento del azúcar. Lamentaba no haber podido asistir al lanzamiento del Apolo-8, pero espera estar presente en el del Apolo-9, que al final será más importante. A cierta altura no se contuvo y me preguntó, con un brillo irónico en los ojos: “Después de todo lo que vi, le pregunto a usted, ¿qué vamos a hacer con los espíritus? No hay lugar para ellos. El mundo es de los hombres de carne y hueso. Los muertos están enterrados”.

Los cuatro compañeros de la mesa soltaron una carcajada, acompañada de burlas. Uno de ellos repitió: “¿Qué es lo que vamos a hacer con los espíritus?” Reí también y respondí con otra pregunta: “¿Qué vamos a hacer con la muerte?” La carcajada general casi me atontó. El muchacho cosmopolita respondió: “Otra vez la muerte. ¡Problema solucionado: siete palmos de tierra o el horno crematorio!”

Les recordé entonces: “Los rusos ya se tornaron campeones en experiencias de telepatía; los americanos juzgan que la mente y el pensamiento no son físicos, materiales; los ingleses (teoría de los psícons de Whatelly Carrington, experiencias de Soal con voz directa; Harry Price y la sobrevivencia de la mente después de la muerte del cuerpo, etc.) encaran científicamente el problema de la sobrevivencia. Es más, los físicos de hoy, como afirma Rhine, ya no creen en el exclusivismo de la fuerza y la materia, y para tal fin la tratan como antimateria, antiátomo y hasta de antiuniverso”.

No era agua, si no gasolina en ebullición. Hicimos la gritería y no fue posible decir una sola palabra más. Pero una cosa quedó bien clara: todos aquellos jóvenes “modernos” (había dos “mayores”) no entendían nada de las cuestiones que proponían. Aún el joven cosmopolita, que tanto viajara y tanto viera, nada aprendiera de la verdadera situación cultural del momento. Jugaban con “slogans”, con ideas hechas, con mucho deseo de hacer bulla y principalmente de parecer diferentes. La orden era esa: dar contra los “arcaicos”. Y yo, con mis espíritus, era seguramente el representante de la clase renegada, de la generación obturada.

Cuando salimos de allí el muchacho cosmopolita me acompañó. A solas pudimos conversar mejor. E él abrió los ojos espantado cuando le dije: “Los espíritus son una de las fuerzas de la naturaleza. No son almas del otro mundo. No están en el cielo en contemplación eterna, ni en el infierno o por ahí, como ustedes dicen, endemoniando a los mortales. Los espíritus de los muertos son criaturas humanas, como usted y yo, simplemente transferidas, por la muerte, de un plano de la materia para otro. Nosotros los espíritas, no andamos perturbando a esa gente del más allá, como ustedes piensa. Esa gente está aquí mismo y el más allá aquí. Es gente que posee un cuerpo material, el periespíritu, que los antiguos llamaban cuerpo espiritual. Gente que se interesa por nosotros y que vive comunicándose con nosotros desde que el mundo es mundo”.

-      “Si eso es así aún puedo pensar en la cosa”, respondió pensativo. “Pero siempre me dijeron lo contrario. Que los espíritus son almas del otro mundo, fantasmas, supersticiones y nada más. Y que vosotros, los espíritas, viven enredados en esas ideas y dialogando con lo que no existe. “Anduvo unos pasos en silencio y remató: “Si usted puede probarme que eso es así, que yo puedo espiar a esa gente, soy capaz de cambiar de idea. Mire, si me arregla una sesión de materialización, pero de las buenas, ¿sabe? soy capaz de meterme en ese embrollo”.

HERCULANO Y LAS CRÓNICAS DEL HERMANO SAULO



José Herculano Pires mantuvo, durante muchos años, en el periódico “Diario de Sao Paulo”, órgano de los Diarios y Emisoras Asociados, una columna de crónicas espíritas, en la cual abordaba temas de interés general relacionados con la doctrina codificada por Allan Kardec. Las firmaba con el pseudónimo de Hermano Saulo.

Periodista, filósofo, escritor y profesor, Herculano Pires alcanzó gran concepto dentro y fuera del movimiento espírita. Su producción literaria sobrepasa los setenta títulos; algunos de ellos se constituyen en verdaderas obras filosóficas.

Viviendo y sintiendo el Espiritismo de forma profunda, Herculano dedicó la mayor parte de su existencia en favor de esta doctrina, ya sea buscando interpretarla con fidelidad, ya sea defendiéndola de los ataques de los adversarios.

Las crónicas publicadas en el “Diario de São Paulo” fueron leídas con mucho interés durante todo el tiempo de su existencia. Cuando, el 9 de marzo de 1979, la muerte lo alcanzó súbitamente, quedó en el aire una certeza: El Espiritismo brasilero perdía a uno de los mayores intérpretes del pensamiento kardeciano.

“El Correo Fraterno” reúne, en esta obra, 39 de las más interesantes crónicas de Herculano Pires (o el Hermano Saulo), publicadas entre los años 1969/1970, regocijándose de poder así iniciar un trabajo editorial contando con la firma de este laureado autor, trabajo este que, ciertamente, se desdoblará en otros libros.


Wilson García
Editora Espírita Correo Fraterno do ABC

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